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¿Masonería o gemología?

piedra bruta

En ocasiones se usa en demasía el mazo, sin cincel. De este modo se maltrata la piedra, con riesgo de quebrarla. Demasiada voluntad y más bien poco tino o discernimiento, yo creo que todo depende del amor que le tengamos a la propia piedra bruta: si no nos apreciamos, le damos mazazos sin cincel o la dejamos estar. Pero el buen masón acaricia la piedra bruta, aprecia sus aristas… luego, discierne y desbasta. Pienso que las aristas en sí hay que considerarlas de cara a encajar con el resto de piedras. No se desbasta la piedra bruta por el gusto de desbastarla, sino para que encaje en el conjunto del edificio. A veces, veo en masonería que demasiados pretenden desbastar la piedra bruta por puro narcisismo espiritualista, pero no podemos olvidar que somos constructores y que si desbastamos la piedra es sólo y exclusivamente para que encaje en el edificio.

Perdón por la sintaxis acelerada: extracto de una interesante conversación que mantuve anoche con un Hermano. En ella, se aprecian intuiciones fundamentales que conviene no perder de vista para trabajar en Francmasonería, pues somos constructores, no gemólogos.

Usar el mazo sin cincel indica apresuramiento, vehemencia, pasión incontrolada. Todo esto no conduce sino a la autodestrucción.

Trabajamos la piedra no para convertirla en preciosa –no es ese nuestro objeto-, sino para que encaje con el resto de piedras, en un edificio que es conjunto.  El cuidado que pone el Aprendiz en la talla de su piedra no es privativo del primer grado, sino que atañe a todos: también Compañeros y Maestros han de trabajar su piedra.

Los masones nos trabajamos interiormente, por vía de iniciación, y lo hacemos de manera diferente a como se trabajan el monje o el iniciado de otros caminos y escuelas. Nos labramos para encajar en una construcción, de manera que el trabajo sobre nosotros mismos no se agota en nuestro interior, sino que será completo extramuros de nuestras propias narices: construyendo el Templo universal de la humanidad.

Retazos, en fin, de una conversación veraniega, fraterna y realista.

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¿Estamos excomulgados los masones?

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La excomunión es la pena capital que aplica la Iglesia Católica. Otras sanciones, de menor a mayor gravedad, son la suspensión (con la que se castiga únicamente a clérigos) y el entredicho. La excommunicatio (excomunión) consiste en la expulsión del cuerpo eclesial: al reo excomulgado, además de privársele de recibir los sacramentos de la Iglesia Católica (en esto consiste el entredicho), se le destierra de la misma. Su alma, de este modo, se vería condenada a muerte eterna, porque esto es la excomunión: pena de muerte para el alma, ya que, si extra Ecclesiam nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación), ni imaginarse puede los tormentos rabiosos que padecerá un alma sola y dejada de la mano de Dios, por sentencia de su Santa y Romana Iglesia.

La pregunta que nos hacemos no es si la Masonería fue y permanece condenada por la Iglesia Católica –cosa que los documentos oficiales evidencian sobradamente-, sino si la pena mediante la que dicha condena continúa concretándose hoy es la excomunión.

Recién nacida apenas la moderna Masonería especulativa, es objeto de condena mediante excomunión por parte del papa Clemente XII (Lorenzo Corsini), que promulga a tal fin su Constitución Apostólica “In eminenti”, de 28 de abril de 1738. “Hemos resuelto condenar y prohibir, como de hecho condenamos y prohibimos, los susodichos centros, reuniones, agrupaciones, agregaciones o conventículos de Liberi Muratori o Franc-Massons o cualquiera que fuese el nombre con que se designen, por esta nuestra presente Constitución, valedera a perpetuidad, dice el documento, que basa tal medida punitiva en el secreto y la libertad de conciencia, profesada por la Francmasonería y reiteradamente censurada por papas posteriores a Corsini (Pío VI, encíclica “Quod aliquantum”; Gregorio XVI, encíclica “Mirari vos”; Pío IX, encíclica “Syllabus”; León XIII, encíclica “Libertas”; Pío X, encíclica “Vehementer”… Habría que esperar al Concilio Vaticano II que, en su decreto “Dignitatis humanae personae”, le perdona la vida a la libertad de conciencia, reconociéndola como una dimensión de la persona).

La condena clementina, “valedera a perpetuidad”, no ha sido revocada o levantada, hasta el presente, por ningún romano pontífice. El levantamiento de una sanción es condición canónica para considerar que dicho castigo no estará vigente en adelante (como ocurrió, por ejemplo, con la Carta Apostólica “Ambulate in dilectione” –caminad en el amor-, de 7 de diciembre de 1965, por la que Pablo VI revoca la excomunión dictada en el año 1054 contra el Patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario. Hasta entonces, Cerulario y toda la Iglesia Ortodoxa estaban condenados con excomunión). Ningún pontífice católico romano ha levantado todavía la condena dictada por Clemente XII contra la Masonería y los masones, luego seguimos estando condenados por la Iglesia Católica.

Al contrario, la condena pronunciada por la “In eminenti” ha sido reforzada por publicaciones y decretos de posteriores pontificados:

· La renueva Benedicto XIV el 18 de mayo de 1751, con su Constitución Apostólica “Providas”, en la que hace patente su voluntad de que la excomunión contra Masonería y masones “tenga fuerza y eficacia para siempre”.

· La renueva Pío VII el 13 de septiembre de 1821, en su Carta Apostólica “Ecclesiam a Iesu Christo”.

· La renueva, todavía con mayor solemnidad que sus predecesores, León XIII, en la Constitución Apostólica “Quo graviora”, incidiendo particularmente en la cuestión del secreto.

· La renueva la Encíclica “Traditi”, de Pío VIII.

· La renueva la Encíclica “Mirari vos”, de Gregorio XVI.

· La renuevan la Encíclica “Qui pluribus” y diversas Alocuciones de Pío IX.

· La renuevan las Encíclicas “Humanun genus”, de 30 de abril de 1884 (“la masonería, constituida contra todo derecho divino y humano, era tan perniciosa para el Estado como para la religión cristiana”)e “Inimica vis”, de 8 de diciembre de 1892 (“ La secta masónica no teme más nada, no se echa atrás ante ningún adversario, y, de día en día, crece su audacia”).

Tras las diversas y continuadas renovaciones de la condena papal contra la Masonería y los masones, la cuestión queda tipificada en el canon 2335 del Código de Derecho Canónico de 1917 (que no está vigente en la actualidad), de esta guisa:

«Los que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género, que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto en excomunión simplemente reservada a la sede Apostólica».

Adviértase –es extremadamente importante para entender el canon correspondiente del actual Codex– la aclaración que señala a la Masonería como asociación que maquina contra la Iglesia.

En Adviento de 1983 entró en vigor el actual Código de Derecho Canónico, comúnmente llamado de 1982. En su canon 1374 no menciona expresamente a la masonería, aunque alude a ella, teniendo en cuenta la aclaración sobre el canon 2335 del anterior Código:

“Quien se inscribe en una asociación que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación, ha de ser castigado con entredicho”.

Como puede observarse, 1374 no menciona excomunión, sino “entredicho, que se encuentra regulado en el canon 1332 como la pena medicinal -¿pena justa?- o censura canónica que prohíbe el uso de bienes espirituales; esto es, Eucaristía y demás sacramentos, etc.

En la actualidad la normativa sobre el entredicho se ha simplificado bastante y queda configurado como una especie de excomunión de menor gravedad. Así pues, quien incurriere en dicha pena de entredicho seguiría perteneciendo a la Iglesia Católica (lo que no ocurre en caso de excomunión), pero no tendría, en su seno, derecho a comulgar, recibir la absolución, bautizar a sus hijos, contraer matrimonio canónico, etc. Para entendernos, es como si se te prohíbe pisar el casino durante un tiempo, aunque no se te expulse definitivamente como socio del establecimiento.

De este modo, la Masonería, en tanto que tipificada por el c. 2335 del Código de 1917 como asociación maquinante contra la Iglesia, estuvo excomulgada, y excomulgados estuvieron los masones.

El c. 1374 del actual Código no la menciona; simplemente, habla de asociaciones maquinantes contra la Iglesia. A los líderes de tales asociaciones se les penaliza con un entredicho: siguen formando parte de la Iglesia, pero no pueden recibir los sacramentos y otros “beneficios” espirituales.

A modo de conclusión:

· Clemente XII condenó a la Masonería y a los masones el 28 de abril de 1738.

· Dicha condena no sólo no ha sido levantada, sino que la han renovado sucesivos Papas, explícitamente, al menos hasta 1892.

· El Código de Derecho Canónico de 1917 castiga a la Masonería con pena de excomunión.

· El Código de Derecho Canónico de 1982 no menciona a la Masonería sino, de forma genérica, a asociaciones que maquinan contra la Iglesia, y castiga a sus líderes con el entredicho.

Ante eventuales dudas de si esa tipificación de asociaciones “que maquinan contra la Iglesia” se refiere a la Masonería y si, por tanto, se aplica a ella la pena de entredicho, hay que recurrir a la consulta de otros documentos emanados de instancias eclesiásticas.

Así, la Congregación para la Doctrina de la Fe (antiguo Santo Oficio) aclara en pública Declaración de 26 de noviembre de 1983, firmada por su Prefecto, el entonces cardenal Ratzinger, lo que sigue:

Se ha presentado la pregunta de si ha cambiado el juicio de la Iglesia respecto de la masonería, ya que en el nuevo Código de Derecho Can6nico no está mencionada expresamente como lo estaba en el Código anterior.

Esta Sagrada Congregación puede responder que dicha circunstancia es debida a un criterio de redacción seguido también en el caso de otras asociaciones que tampoco han sido mencionadas por estar comprendidas en categorías más amplias.

Por tanto, no ha cambiado el juicio negativo de la Iglesia respecto de las asociaciones masónicas, porque sus principios siempre han sido considerados inconciliables con la doctrina de la Iglesia; en consecuencia, la afiliación a las mismas sigue prohibida por la Iglesia. Los fieles que pertenezcan a asociaciones masónicas se hallan en estado de pecado grave y no pueden acercarse a la santa comunión”.

Aclara, pues, que, efectivamente, el c. 1374 del vigente Código se refiere, entre otras, a la Masonería como asociación que maquina contra la Iglesia y que, por consiguiente, pesa sobre quienes la dirigen y promueven (¿Los Venerables, los Oficiales de las Logias, los Consejeros de la Orden…?) pena de entredicho: no pueden comulgar, etc.

Un último documento, no oficial, artículo del cardenal Ratzinger en el periódico L´Osservatore Romano, 20 de febrero de 1985, dice lo siguiente:

“Un cristiano católico no puede al mismo tiempo participar en la plena comunión de una fraternidad cristiana y a la vez mirar a sus hermanos cristianos a partir de la perspectiva masónica como profanos.

“La inscripción en la Masonería permanece prohibida por la Iglesia y que los fieles que se inscriban están en situación de pecado grave y por eso no pueden acceder a la comunión”.

“Que no obstante la diversidad que puede existir entre las obediencias masónicas, en particular acerca de su actitud declarada sobre la Iglesia, la Santa Sede encuentra en ellas varios principios comunes que requieren una misma valoración de parte de todas las autoridades eclesiásticas”.

Así pues, salvo documentada opinión más autorizada, no pesa -¡es un decir!- sobre nosotros los masones, a día de hoy, la excomunión sino el entredicho. Yo, para no ser menos,

He entredicho.

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La plancha: edificio y templo

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Los masones planchamos; es decir, trazamos planchas, que son trabajos –escritos- sobre temas masónicos o que, sin ser específicamente simbólicos, interesan al Taller (nada humano nos es ajeno). Dichos trabajos van normalmente destinados a su lectura en la Tenida o reunión de la Logia, por lo que, por sentido común, no deben ser demasiado extensos. Está demostrado que, por muy masón que uno sea y por buena voluntad que ponga en la escucha, desconecta casi de forma automática cuando lleva más de siete u ocho minutos escuchando hablar a la misma persona. Siete u ocho minutos pueden mover nuestra atención y nuestro corazón; pero, con seguridad, mucho más tiempo moverá nuestras posaderas y protestarán las próstatas. Así pues, no es conveniente que la plancha sobrepase los tres folios, a espacio y medio o doble. ¡Los Hermanos y la eficiencia os lo agradecerán, o… os temerán! Aún recuerdo una plancha de 42 folios, uno detrás del otro, que fue para mí más destructiva que el terremoto de Lisboa.

Una plancha es un edificio que, en lugar de piedras, cal y argamasa, se levanta con ideas, corazón y palabras, la materia prima del francmasón. Por tanto, es conveniente encarar cada trazado o plancha como un trabajo de construcción. Y edificarla con sumo respeto, pues somos constructores de templos, y la plancha es también un templo: de las ideas, de las palabras, de lo más personal e íntimo…

Se comienza por los cimientos: una vez bien acotado el tema que deseamos tratar, hay que escarbar en nuestra tierra mental para, apartado el lodo de los prejuicios, lugares comunes y materia extraña al fin que se pretende, afianzar las bases sobre unas pocas ideas a partir de las cuales levantar luego los pilares maestros, tarea fundamental para ir añadiendo elementos –ejemplos (sin abusar), referencias (las mínimas),…- y piedras bien cubicadas –nuestra experiencia personal es más interesante para los Hermanos que demasiada wikipedia…-, de manera que la construcción vaya creciendo.

Levantadas y rectificadas las paredes argumentales, el edificio-plancha necesita una cubierta, para que la lluvia y los elementos no lo vayan erosionando hasta su destrucción y desaparición. Dicho de otro modo: claras las ideas y levantados los argumentos, bien sujetos por la argamasa de la lógica y el buen sentido masónico, ha de terminarse el conjunto con un buen debate en la Logia. Entonces, de la conjunción entre el trabajo personal y el diálogo fraternal en Tenida, tendremos la mejor cubierta para nuestro edificio. La más lúcida, bien diseñada y brillante plancha no estará terminada sin debate.

Resumiendo, la plancha es edificio y, como tal, tiene necesidad de una técnica argumental, filosófica, ética. Además, la plancha es templo y, como tal, tiene necesidad de corazón y espíritu que le dé vida. De otro modo, tendremos una construcción impecable pero… fría, soberbia, sin hálito vital.

Planchar es vivir en la calle, no en obras de consulta

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