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El secreto del Aprendizaje

 

ceremonia zen del té

 

¿Cuál es el requisito para aprender? ¿Cómo puedo ser un verdadero y permanente Aprendiz de los secretos del oficio, de los recovecos de la existencia? ¿Cómo llegar a ser un perfecto Francmasón?

Un pequeño cuento zen nos ilustra y responde a estas preguntas. Para los Francmasones, la mejor respuesta llega por la vía simbólica, en este caso desde el Cha No Yu, la vía del té:

El maestro zen recibió la visita de un famoso guerrero que, nada más llegar, le expuso, orgulloso, todos los títulos que le adornaban tras años de batallas, golpes, heridas, sacrificios. Tras hacer este despliegue de todo su glorioso currículum, el célebre guerrero pidió al maestro que le enseñara los secretos del conocimiento zen.

Complacido, el maestro le invitó a sentarse y le ofreció una taza de té.

Tranquila y ceremoniosamente, el maestro comenzó a verter té en la taza del guerrero y, cuando ésta se encontró llena, continuó poniendo té en ella. El té empapó mesa, suelo, ropas…

El guerrero, algo alarmado –pensó que al maestro se le debía haber ido la olla-, le hizo notar que la taza ya estaba llena y que se derramaba el precioso líquido.

A lo que el maestro, serenamente, le respondió: “exacto, señor. Usted ha venido aquí con la taza llena. No podrá aprender nada si no trae una taza vacía”.

¿Cuántos y cuántas entran sintiéndose ya Gran Maestro, o incluso Gran Arquitecto del Universo? ¡La taza! ¡El té!

 

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Gurús contra Maestros

 

Petimetre

 

Coincidí no hace mucho, en el ágape de una Tenida Blanca Abierta organizada por un Taller amigo, con uno de esos gurús que pueblan nuestras masónicas praderas (Obsérvese que digo gurú, no Maestro, pues ambos términos no se han de identificar; es más, a menudo son contradictorios).

El buen gurú al que aludo, metafórico en substancia y metonímico en accidente, se pavoneaba perdonándonos la vida a los simples y pobres mortales, que silentes y deslumbrados debíamos agachar la cabeza, loando la magnificencia y munificencia del gentil pisaverde. No pongo en pie sobre qué tema versó su enfático discurso. De lo que sí me acuerdo perfectamente es de que, catavinos en ristre, se acercó a mi mesa -venía de ronda, como la novia en el casamiento- a recibir los plácemes de la enfervorecida concurrencia y, cuando un amable Hermano me presentó como Francmasón de una Logia del Gran Oriente de Francia, al petit maître se le mudó y demudó la color y, esgrimiendo cual Tizona su copa, me espetó rabioso –y visiblemente afectado por el etanol-: “¡Ah, el Gran Oriente de Francia!   ¡El Gran Oriente de Francia se caracteriza por arrasar sistemáticamente la tradición masónica!”

Yo me callé y continué comiendo, pues en la misma mesa había profanos interesados, que estuvieron presentes en la Tenida Blanca Abierta y a quienes el onomatopéyico gurú dejó boquiabiertos con sus exabruptos, que sí arrasaban sistemáticamente la tradición masónica, la de la discreción entre otras. Doy fe de que uno de los profanos en cuestión retiró su candidatura de uno de los Talleres presentes. ¿Casualidad?

Lo que tienen los gurús es cáscara, epidermis, relumbrón, metáfora… máscara. Pero desgraciadamente, rascas y no hay huevo ni carne, ni sustancia ni… maestría. Tal vez la figura más antónima de la maestría masónica sea la de estos gurús, que viven de la Orden, que duermen –como los legendarios vampiros- cuando hay Luz y chupan en tinieblas las energías fraternales. Gurús que destruyen Logias y construyen leyendas hueras. No son maîtres, sino petimetres.

Haberlos haylos, mal que nos pese. Van, en ocasiones, incluso uniformados (como los dómines de antaño), según sea el carácter de su egolatría, predominando últimamente ciertos fulares y alguna prenda de cabeza, acaso para completar tamaños que ni natura dat ni Salmantica praestat. Pero, uniformes aparte, son perfectamente identificables, como el laurel en el estofado.

Los gurús son dignos de compasión, pretendidos Maestros que nunca consiguieron el logro supremo de ser Aprendices. Que empezaron, pero nunca se iniciaron. Que están en Masonería, sin ser Masones.

Tal vez tendría que ser una condición más para ser iniciado Francmasón: libres, de buenas costumbres y sin tendencia a ser gurús.

 

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