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Gurús contra Maestros

 

Petimetre

 

Coincidí no hace mucho, en el ágape de una Tenida Blanca Abierta organizada por un Taller amigo, con uno de esos gurús que pueblan nuestras masónicas praderas (Obsérvese que digo gurú, no Maestro, pues ambos términos no se han de identificar; es más, a menudo son contradictorios).

El buen gurú al que aludo, metafórico en substancia y metonímico en accidente, se pavoneaba perdonándonos la vida a los simples y pobres mortales, que silentes y deslumbrados debíamos agachar la cabeza, loando la magnificencia y munificencia del gentil pisaverde. No pongo en pie sobre qué tema versó su enfático discurso. De lo que sí me acuerdo perfectamente es de que, catavinos en ristre, se acercó a mi mesa -venía de ronda, como la novia en el casamiento- a recibir los plácemes de la enfervorecida concurrencia y, cuando un amable Hermano me presentó como Francmasón de una Logia del Gran Oriente de Francia, al petit maître se le mudó y demudó la color y, esgrimiendo cual Tizona su copa, me espetó rabioso –y visiblemente afectado por el etanol-: “¡Ah, el Gran Oriente de Francia!   ¡El Gran Oriente de Francia se caracteriza por arrasar sistemáticamente la tradición masónica!”

Yo me callé y continué comiendo, pues en la misma mesa había profanos interesados, que estuvieron presentes en la Tenida Blanca Abierta y a quienes el onomatopéyico gurú dejó boquiabiertos con sus exabruptos, que sí arrasaban sistemáticamente la tradición masónica, la de la discreción entre otras. Doy fe de que uno de los profanos en cuestión retiró su candidatura de uno de los Talleres presentes. ¿Casualidad?

Lo que tienen los gurús es cáscara, epidermis, relumbrón, metáfora… máscara. Pero desgraciadamente, rascas y no hay huevo ni carne, ni sustancia ni… maestría. Tal vez la figura más antónima de la maestría masónica sea la de estos gurús, que viven de la Orden, que duermen –como los legendarios vampiros- cuando hay Luz y chupan en tinieblas las energías fraternales. Gurús que destruyen Logias y construyen leyendas hueras. No son maîtres, sino petimetres.

Haberlos haylos, mal que nos pese. Van, en ocasiones, incluso uniformados (como los dómines de antaño), según sea el carácter de su egolatría, predominando últimamente ciertos fulares y alguna prenda de cabeza, acaso para completar tamaños que ni natura dat ni Salmantica praestat. Pero, uniformes aparte, son perfectamente identificables, como el laurel en el estofado.

Los gurús son dignos de compasión, pretendidos Maestros que nunca consiguieron el logro supremo de ser Aprendices. Que empezaron, pero nunca se iniciaron. Que están en Masonería, sin ser Masones.

Tal vez tendría que ser una condición más para ser iniciado Francmasón: libres, de buenas costumbres y sin tendencia a ser gurús.

 

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La humildad del Maestro Masón

toujours Apprenti

El Maestro Masón se caracteriza por su humildad, rara virtud que incluye tanto el acendrado realismo de quien tiene los pies en la tierra (humus) y es capaz de discernir sus potencialidades y carencias, como la modestia que únicamente brilla en quienes poseen gran fortaleza moral y cierta escondida sabiduría. Realismo, capacidad de discernimiento y modestia son, en la coloratura del verdadero Maestro, lo más opuesto a la cacofónica soberbia de los incapaces, a la fatuidad de los acomplejados, a la prepotencia de los ignorantes.

No tienen cabida, en el espíritu del Maestro Masón, enfermedades morales como la hipocresía, el fanatismo o esa ambición desmedida que lleva a algunos y algunas a azacanearse por descollar y brillar artificialmente –aprovechándose de la Orden y usándola como trampolín meramente profano-, cuando por dentro se percibe de ellos tanta opacidad, casquivanería y peligrosidad social.

Cuenta Ambelain que, encontrándose en Tenida, llamaron a las puertas del Templo. Preguntado el Hermano Cubridor, respondió que quien pretendía entrar debía ser el Gran Arquitecto del Universo, según venía de cargado con brillos, metales y decoraciones… El chiste es facilón, pero lacerantemente certero.

¿Por qué hay Maestros y Maestras que, cargados de más autosuficiencia que Maestría masónica, miran por encima del hombro, sintiéndose absurdamente superiores a sus Hermanos y Hermanas, sobre todo a los Aprendices y Compañeros? Porque no tienen vida, porque personalmente son un fracaso. Entonces usan los brillos y decoraciones para intentar compensar –inútil empresa- y elevarse por encima del resto, cuando saben que ese resto seguramente tiene más vida que ellos.

Qué difícil –si acaso fuera posible- instruir a un Maestro tocado por esta enfermedad.

El único antídoto se llama Aprendizaje: volver a aprovechar la oportunidad que desperdició siendo Aprendiz, y resituarse nuevamente en la dinámica del discipulado iniciático que se le brinda en Francmasonería.

Toujours Apprenti, está bordado en la baveta de algunos mandiles. Siempre Aprendiz. Es la única vía.

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