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Para qué sirven las conclusiones del Orador

el Orador en Logia

¿Para qué sirven las conclusiones del Orador? ¡Buena pregunta! Con la autorización personal de Roger Dachez, de nuevo traduzco el reciente post de su blog Pierres vivantes (Piedras vivas), en el que ofrece su particular visión, así como la de su Obediencia, la Loge Nationale Française (LNF). Podremos -o no- estar de acuerdo con él; lo que es innegable es su conocimiento de las fuentes históricas de la Francmasonería. Y esto siempre arroja luz, mucha luz.

Para quienes no conozcan las funciones del Hermano Orador: es el guardián de la ley masónica, que vela para que en cada Tenida se respete escrupulosamente el Reglamento General.

¡Buena lectura!

¿PARA QUÉ SIRVEN LAS CONCLUSIONES DEL ORADOR?

Se trata, para mi gusto, de uno de los ejercicios más pesados que una Logia puede imponer a uno de sus Oficiales, y a veces también a los Hermanos y Hermanas que le escuchan: el Orador debe, efectivamente, resumir los debates de la Tenida, no haciendo ordinariamente sino retomar el orden del día adornándolo un poco, a veces con humor pero con frecuencia sin gran entusiasmo, ya que este pequeño sermón de fin de velada es a todas luces redundante, ¡no enseña nada a nadie y retrasa la hora del ágape!

Una costumbre, de hecho, reciente en la historia de las Logias y, me parece a mí, de una inutilidad que confunde…

discurso del caballero Ramsay

En el siglo XVIII, el Orador de la Logia solo tenía una función: dar, al final de las ceremonias -que entonces constituían lo esencial de los Trabajos-, un discurso que retomaba los rasgos principales del grado que acababa de conferirse, poniendo de relieve las virtudes que se suponía debía enseñar, y subrayando de forma genérica la excelencia de la Francmasonería. El Discurso de Ramsay, “Orador de la Gran Logia”, es el arquetipo de este ejercicio. El Secretario, en lo que le correspondía, tomaba nota de las cosas principales de la velada -de manera frecuentemente muy alusiva, y del resto muy brevemente, lo que el historiador a menudo deplora del resto-, y los consignaba en el acta para los archivos.

Recordemos que en Inglaterra o en Estados Unidos ni siquiera existe este Oficio, y que la joya de Oficial que más se parece a la que en Francia se da al Orador es, en Inglaterra, ¡la del Capellán! Sin embargo, un simple vistazo desvela fácilmente la “pequeña diferencia”: en el lugar y emplazamiento de un “Libro de la Ley” anónimo, encontramos The Holy Bible.

joya del Oradorjoya del Capellán

En el transcurso del siglo XIX en Francia, habiéndose convertido la Logia masónica, fuera cual fuere la Obediencia, en espacio de debate más o menos político y social y, hacia finales del siglo XIX, en una suerte de partido político sin nombre pero con la práctica asunción de todas las funciones del mismo, el papel del Orador adquirió entonces otro sentido: al término de un debate en ocasiones agitado y contradictorio, al unísono de los juegos políticos en cuyo teatro se habían convertido las Logias, era necesario “concluir” al final de la Tenida, resumir las aportaciones, retomar los argumentos presentados por unos y otros y ofrecer una síntesis que desembocara en propuestas -en una época en que ya eran numerosos en Logia los abogados, la palabra “conclusiones” se tomaba aquí en un sentido casi jurídico: resoluciones tendentes a tomar una decisión. Incluso con frecuencia a veces se trataba ni más ni menos que de proponer una moción sobre la que la Logia debía pronunciarse votando, ¡antes de transmitirla a los poderes públicos! Al Orador, espíritu político y diplomático pero también guardián infalible de la ortodoxia masónica, correspondía formularla. No es imposible que esto mismo subsista aún en nuestros días, aquí o allá…

En una Masonería por la que la LNF expresa su preferencia, en la que el recuerdo de estas disputas políticas queda muy lejos, y que de ninguna manera pretende alimentar vaya usted a saber qué ardor peticionario, el Orador ha vuelto a ser lo que jamás debería haber dejado de ser: el “guardián de la ley”, ciertamente, pero también y sobre todo el que ilumina al candidato acerca del camino de los grados que recibe, recordándole las enseñanzas tradicionales de la Orden. En cuanto a los debates en Logia, es el Secretario el encargado de trazar el acta: se le ahorra, pues, al Orador sus improbables conclusiones.

Ejercicio artificial, peligroso y a menudo poco convincente y, por decirlo todo, pérdida de tiempo bastante inútil: sobre una confusión y el olvido de cierta historia se pueden construir falsas tradiciones perfectamente vacías de sentido y pertinencia.

¡Pero, naturalmente, cada cual es libre de encontrarle su atractivo!

El artículo original en francés puede leerse aquí.

 

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La plancha: edificio y templo

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Los masones planchamos; es decir, trazamos planchas, que son trabajos –escritos- sobre temas masónicos o que, sin ser específicamente simbólicos, interesan al Taller (nada humano nos es ajeno). Dichos trabajos van normalmente destinados a su lectura en la Tenida o reunión de la Logia, por lo que, por sentido común, no deben ser demasiado extensos. Está demostrado que, por muy masón que uno sea y por buena voluntad que ponga en la escucha, desconecta casi de forma automática cuando lleva más de siete u ocho minutos escuchando hablar a la misma persona. Siete u ocho minutos pueden mover nuestra atención y nuestro corazón; pero, con seguridad, mucho más tiempo moverá nuestras posaderas y protestarán las próstatas. Así pues, no es conveniente que la plancha sobrepase los tres folios, a espacio y medio o doble. ¡Los Hermanos y la eficiencia os lo agradecerán, o… os temerán! Aún recuerdo una plancha de 42 folios, uno detrás del otro, que fue para mí más destructiva que el terremoto de Lisboa.

Una plancha es un edificio que, en lugar de piedras, cal y argamasa, se levanta con ideas, corazón y palabras, la materia prima del francmasón. Por tanto, es conveniente encarar cada trazado o plancha como un trabajo de construcción. Y edificarla con sumo respeto, pues somos constructores de templos, y la plancha es también un templo: de las ideas, de las palabras, de lo más personal e íntimo…

Se comienza por los cimientos: una vez bien acotado el tema que deseamos tratar, hay que escarbar en nuestra tierra mental para, apartado el lodo de los prejuicios, lugares comunes y materia extraña al fin que se pretende, afianzar las bases sobre unas pocas ideas a partir de las cuales levantar luego los pilares maestros, tarea fundamental para ir añadiendo elementos –ejemplos (sin abusar), referencias (las mínimas),…- y piedras bien cubicadas –nuestra experiencia personal es más interesante para los Hermanos que demasiada wikipedia…-, de manera que la construcción vaya creciendo.

Levantadas y rectificadas las paredes argumentales, el edificio-plancha necesita una cubierta, para que la lluvia y los elementos no lo vayan erosionando hasta su destrucción y desaparición. Dicho de otro modo: claras las ideas y levantados los argumentos, bien sujetos por la argamasa de la lógica y el buen sentido masónico, ha de terminarse el conjunto con un buen debate en la Logia. Entonces, de la conjunción entre el trabajo personal y el diálogo fraternal en Tenida, tendremos la mejor cubierta para nuestro edificio. La más lúcida, bien diseñada y brillante plancha no estará terminada sin debate.

Resumiendo, la plancha es edificio y, como tal, tiene necesidad de una técnica argumental, filosófica, ética. Además, la plancha es templo y, como tal, tiene necesidad de corazón y espíritu que le dé vida. De otro modo, tendremos una construcción impecable pero… fría, soberbia, sin hálito vital.

Planchar es vivir en la calle, no en obras de consulta

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