La herencia del viento

"La herencia del viento", cartel de la película

“El que perturba su propia casa heredará el huracán, y el necio será esclavo del sabio”. Estas palabras de Proverbios -capítulo 11, versículo 29- reflejan con dramático verismo situaciones más usuales de lo deseable, en muchos ámbitos de las relaciones humanas; también, cómo no, pues nada humano nos es ajeno, en una Logia masónica.

“El que perturba su propia casa heredará el huracán”. La primera parte del versículo sapiencial sirve de leitmotiv a la fastuosa cinta de Stanley Kramer que se estrenó en España (1960) con el título de “La herencia del viento”, en la que el fanatismo de quienes se ven en posesión de una verdad que no admite artículos indeterminados queda en evidencia, ante la mente abierta de quien se sabe buscador, no dueño, de verdad. Al final, el fundamentalista Matthew Harrison Brady (interpretado por Frederic March) muere víctima de sí mismo, en el infierno de su propia contradicción interior, siendo testigo compasivo del suceso el abogado Henry Drummond (enorme Spencer Tracy).

En el seno de las Logias también operan, en ocasiones, perturbadores de su propia casa, sembradores de viento; agentes de perturbación que, amparados en un orden profano que olvida el aparente caos del que nacen la libertad y el genuino orden iniciático masónico, buscan imponer su criterio, imponer su visión de las cosas, imponer una verdad que no es sino suya pero que ellos entienden como la verdad.

Anidan, del mismo modo, en alguna penumbrosa esquina de las Logias personajes que únicamente se buscan a sí mismos y que trabajan exclusivamente para acrecentar su propio –mezquino- poder, concebido como autoritarismo y dominación, en vez de como servicio. Para estos, los Hermanos y Hermanas no son sino herramientas que se utilizan y se dejan, luego, arrumbadas sin más.

Ambiciosos, hipócritas, arribistas de diversa especie, peligrosos ignorantones con ínfulas… Es innegable que, efectivamente, están en Masonería; pero no son Masones. Me acuerdo de un Aprendiz que, cuando se inició, parecía que había ingresado en la Logia un Gran Maestro. Arrogante, rabiosamente soberbio, echó en saco roto las enseñanzas iniciáticas de nuestros ancestros, de nuestros Maestros venerados que formaron ayer la Cadena de Unión. Este chico tenía vocación de Gran Arquitecto del Universo, como mínimo. Perturbó su propia casa; mediante intrigas, mentiras y deslealtades la desencajó; corroyó –con el concurso de algunos elementos del Taller- los cimientos que, con tanto celo, sudor y entrega, otros habían excavado y afianzado; finalmente, cuando creyó que había triunfado, que iba a tocar el “poder” con la punta de los dedos… le sacudió el propio huracán –violento, destructor- que había él sembrado con su profundo desprecio a la razón, a favor de las –sus- razones. Heredó herencia de viento, la herencia del huracán. Igualmente, quienes le auxiliaron siguiendo sus propias ambiciones profanas personalistas -en aquélla y en otras Logias-, quedaron desenmascarados. Puesto que también ellos sembraron el caos, no heredaron sino caos centuplicado, traducido en aislamiento, ostracismo y muerte por inanición.

Me viene a la memoria otra sentencia, no bíblica sino de nuestro refranero, igualmente aplicable a la vida de nuestras Logias: “Quien siembra vientos, cosecha tempestades”.

 

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Archivado bajo antimasonería, Francmasonería

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