¿Publicar los rituales masónicos?

imprenta antigua

¿Publicar los rituales masónicos, o confiarlo todo a la memoria? Era el dilema de los primeros masones especulativos, que deseaban guardar la discreción debida a la intimidad de lo que llevaban a cabo en Logia y, al mismo tiempo, querían conservar fielmente un legado ritual que, andando el tiempo, podía ser susceptible de contaminaciones por elementos extraños a la Francmasonería: religiosos, esotéricos…

Las primeras divulgaciones –así llamadas- de los rituales masónicos no agradaron a los Hermanos, aunque hoy nos sirven para estudiar la génesis y evolución de cada rito. Fueron hechas por antiguos masones –molestos con la Orden, por distintas razones-, tanto como por Hermanos cuyo único afán fue la preservación de la pureza ritual. De ellas hemos tratado ampliamente en diversos post.

En las Logias se trabajaba confiando a la memoria la recitación y acción ritual. De hecho, aquélla continúa siendo el alma de algunos ritos, como el inglés estilo Emulación. Pero era un hecho que, con el paso de los años, algunas de las intuiciones originales se perdían o empañaban, como de hecho ha sucedido, si hacemos un estudio comparativo entre algunos ritos vividos en la actualidad y sus rituales fuente.

Esta problemática se planteó en el seno del Gran Oriente de Francia cuando, bajo la égida de Alexandre-Louis Roëttiers de Montaleau, se llevó a cabo la magna obra de recopilación del antiguo rito masónico original que, con el tiempo, acabaría siendo llamado “francés” o “moderno”. La ímproba labor dio como resultado el Régulateur du Maçon, texto de referencia para quienes trabajamos en Rito Francés o Moderno.

Estaba claro –leyendo las actas de las sesiones de estudio de la época- que, una vez sistematizados los antiguos usos rituales, había que publicarlos de alguna manera; se plantean dos posibles: manuscrito o impreso. Ambas posibilidades tuvieron sus partidarios y detractores. Por no alargarnos, finalmente se opta por la impresión, pero no para poner los rituales a la venta en librerías y mercados, sino enviándolos –con las mayores garantías de discreción- a las Logias que así lo solicitaran al Gran Oriente. De esta manera, el envío se hacía en tres partes, de modo que si se perdía una o era sustraída, nadie pudiera disponer del ritual completo, sino sólo de una parte que, aislada, resultaba inconexa y sin el sentido pleno.

¡Qué abismal diferencia con respecto a publicaciones que se realizan en la actualidad y que, sin asomo de la discreción prometida el día de nuestra iniciación, divulgan a los cuatro vientos algo que pertenece al ámbito íntimo de la Logia, dando pelos y señales en una tarea que lo único que puede alimentar es el morbo!

El ritual debe estar a disposición de la Logia, pero sólo de la Logia. Es su guión de trabajo y sólo a ella le interesa y concierne. Además, el día de nuestra recepción hemos prometido discreción y no revelar nada de lo que hacemos en nuestros Trabajos. Con tesón y fidelidad hemos de conservar y preservar este uso de nuestros ancestros.

De ahí que, en la disciplina del Gran Oriente de Francia, no se hable de libros rituales sino de “cuadernos” rituales, en línea con aquellos venerables cuadernos manuscritos de los primeros tiempos.

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