El príncipe y los mendigos

Inaceptable.

Tras el episodio –no ha mucho tiempo- de prepotencia borbónica del heredero de la Corona con una mujer republicana, a la que achacó que ya había conseguido unos minutos de gloria –de esos que los borbones llevan demasiado tiempo chupando de las Españas, y consideran exclusivos, y que ya son mucho más que minutos-, el pasado miércoles el lindo Don Felipe se dejó caer con otra de las suyas, al más puro estilo de quien procura y rotura para sí la más artificiosa “conciliación entre la jeta y el cargo” (Manolo Saco dixit).

Pomposamente, con la frivolidad característica de quienes, lejos del mundanal desempleo, de la mundanal carestía de la vida y de la mundanal realidad, andan instalados en la fatuidad de lo que nunca debió ser, entre otras razones por haberlo consagrado quien lo consagró por vía sangrienta y sangrante, este chico se quejó y, apuntalando sus regias maneras con ese desparpajo tan propio de la casta, sermoneó que es “inaceptable que la desesperanza se instale entre los jóvenes españoles”. Lo largó en el Foro de la Fundación Príncipe de Girona, durante un discurso tan desencarnado como ditirámbico. ¡Qué sabrá el principito de tal desesperanza, instalado en un empleo que es desempleo soberbiamente remunerado, mientras multitudes han perdido más esperanzas que ante la puerta del infierno del Dante!

Por sus partes Rouco, el vice césar imperator, predicó algo parecido, considerando –oh, luminaria de la hispana inteligencia- que el personal del 15M adolece de mala entraña, de alma empecatada por no abrir su corazón al Cristo majestuoso que nunca fue. Ahí está la razón de la crisis. ¿Cuándo descubrirán que la crisis son ellos?

Hipotecada de este modo la sensatez del chiringuito por quienes, sin dar un palo al agua, se aferran a privilegios medievales de modo tan estupendo, qué nos quedará por padecer-padecerles en esta jorobada cuaresma en que, a nuestra costa, han convertido el cortijo, estos que, tan graciosamente, viven permanentemente en una pascua tan florida como insolente.

Ambas fuerzas, el trono y el altar, permanecen en esa colusión contra las libertades, para vivir de la literatura. Concretamente, del cuento, y éste no tan breve como el de Monterroso; pues el maldito dinosaurio, cada vez que despertamos, continúa aquí, campando por sus respetos, y muy a su sabor, viviendo del personal, en nombre del personal.   

Cosas, en fin, del para nada novedoso folletón que andan ahí garrapateando, con tanta donosura borbónica como desfachatez clerical: el príncipe y –pronto, con la que está cayendo- los mendigos.

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