Jean Calas y Cayetano Ripoll, mártires de la intolerancia

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Jean Calas fue martirizado en Toulouse, acusado por el clero local de un crimen atroz: haber asesinado a su propio hijo, que quería convertirse al catolicismo. Así, el 9 de marzo de 1762, apoyado en las conclusiones del procurador general Riquet de Bonrepos, por 8 votos de un total de 30, el parlamento condena al suplicio a Jean Calas. La ejecución tuvo lugar el 10 de marzo, Jean Calas proclama su inocencia pero es torturado, pasado por la rueda y quemado públicamente tras haber sido agarrotado. Sus cenizas se esparcieron al viento.

Para conseguir que se revisara el proceso de Jean Calas, Voltaire publicó en 1763 la obra “Tratado sobre la Tolerancia”, y la familia del martirizado logró entrevistarse con Luís XV en Versalles. El capitoul, o sea, el oficial municipal de Toulouse que había contribuido largamente a montar las falsas acusaciones contra Calas, fue destituido. En 1765, Voltaire logra la revisión del proceso.

Un grupito de masones tolosanos desea sensibilizar a la población para preservar la Maison Calas, en el número 50 de la rue des Filatiers, y transformarla en lugar de reflexión y de vida alrededor de valores como la laïcité.

En lo que respecta a España, el laicismo no está amenazado, en absoluto: simplemente, no existe. La aconfesionalidad del Estado, consagrada por la Constitución, sólo es una quimera, puesto que los sucesivos Gobiernos –sean del signo político que sean- han ignorado este valor, aplastándolo con innúmeras subvenciones a la Iglesia Católica especialmente, cuyo mantenimiento de los privilegios que le reportó el franquismo –tras el baño de sangre que derramó el golpe de Estado fascista de los traidores al legítimo gobierno republicano- no sólo se mantiene, sino que se incrementa día a día.

Recientemente, esta semana, el Presidente de las Cortes Valencianas, Juan Cotino, ha jurado su cargo ante un crucifijo, una biblia y una imagen de la virgen María. Despreciando, de este modo, el carácter público de su función, tanto como la independencia de los poderes representativos respecto de toda confesión religiosa.

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Precisamente en Valencia fue ajusticiado, en una fecha tan escandalosamente reciente como 1826, la última víctima de la intolerancia de la “Santa Inquisición”, el maestro Cayetano Ripoll. Acusado de no creer en los dogmas católicos, le condenaron a muerte, por hereje, en Valencia, y le ahorcaron el 31 de julio de 1826. A los pies del patíbulo del maestro Ripoll, un barril con llamas pintadas recordaba los viejos métodos inquisitoriales. Su cadáver ajusticiado fue introducido en ese barril, y quemado en el Cremador de la Inquisició.

Estos restos de poder inquisitorial y fascista son los que el actual y los anteriores gobiernos del Estado Español se niegan a hacer desaparecer.

Es necesario un Estado laico y verdaderamente aconfesional para que sean posibles las libertades y derechos ciudadanos y, en última instancia, la democracia.

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