Masonería y religión, en las Constituciones de Anderson

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Las Constituciones llamadas de Anderson, que tipifican y sistematizan las reglas de los nuevos Francmasones, los especulativos, desde 1723, afrontan en su primer parágrafo el ya entonces espinoso tema de religión y religiones. Parece obvio que el asunto era importante; de otro modo, las Constituciones no hubieran entrado tan a saco en él. Teísmo, deísmo, presbiterianismo, anglicanismo… pugnaban por obtener su palco en el incipiente teatro masónico, durante los primeros actos de la nueva institución; sin olvidar que ya entonces se acercaban también judíos a las Logias. La cristiana sociedad dieciochesca que entraba en aquellos primeros Talleres se planteaba, pues, la gran alternativa: ¿cristiana, confesional o abierta a todos? Zanjan la cuestión con una fórmula de compromiso, cuyo interlineado es preciso leer para no dejarse llevar por cierto espíritu cruzado y estrecho, impropio de la Francmasonería. Leamos las Constituciones:

“Pero aun cuando en los tiempos antiguos los masones estaban obligados en cada país a ser de la religión de ese país o nación, cualquiera que fuera, hoy se cree más oportuno obligarles sólo a la religión en que todos los hombres están de acuerdo, dejando sus particulares opiniones para ellos mismos, esto es, ser hombres buenos y leales, hombres de honor y de honestidad, cualquiera sea la confesión o creencia que los distinga. De este modo, la Masonería se convierte en el centro de unión y el medio para establecer la verdadera amistad entre personas que, de otro modo, habrían permanecido distanciadas entre sí para siempre”.

Solventan, pues, lo que pudo ser un problema con la expresión “la religión en que todos los hombres están de acuerdo”, palabras que, desde luego, entroncan con la más fiel tradición bíblica, tan cara a presbiterianos, protestantes, anglicanos: la “religión pura e intachable”, esto es: la solidaridad, que nos religa allí donde las religiones nos separan. Esto es, apurando, religión frente a religiones.

Cobra, de este modo, todo su sentido, la definición que de la Orden ofrece la Constitución del Gran Oriente de Francia como, en primer lugar, “institución esencialmente filantrópica”, constituyendo la filantropía –el amor a la humanidad- un primer peldaño en el específico proceso iniciático masónico.

Masonería es, así, más allá y por encima de particularismos comunitarios y de singularidades metafísicas, centro de unión, ámbito y ejercicio de unir lo que está disperso. Los Francmasones, “dejando sus particulares opiniones para ellos mismos”, se centran en lo que les une, para poder trabajar por un mundo mejor, por una sociedad más justa: libre, igualitaria, fraterna.

“Considerando las concepciones metafísicas como pertenecientes al dominio exclusivo de la apreciación individual de sus miembros” (Constitución del GODF, artículo 1), Masones y Masonas podrán “establecer la verdadera amistan entre personas que, de otro modo, habrían permanecido distanciadas entre sí para siempre”.

 

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