La iniciación masónica no imprime carácter

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Refiriéndose a los efectos –supuestamente duraderos a perpetuidad- del conjunto de pruebas que conocemos con el nombre genérico de “Iniciación Masónica”, aseguran algunos que dicha experiencia ritual y dramática “imprime carácter”. De este modo, suelen sobreabundar: uno es masón para siempre, aunque lleve mucho tiempo sin pisar una Logia, sin trabajar masónicamente, sin decorarse con su mandil y sus guantes, sin… Son restos de pensamiento mágico-sacramental. Confunden la iniciación con un sacramento.

Ciertamente, las pruebas de lo que genéricamente llamamos “iniciación” (en algunos ritos se denomina recepción) provocan, en el sujeto que las experimenta o “sufre”, una suerte de estremecimiento vital que le descoloca y desinstala de cierto personal y social costumbrismo moral (valga la redundancia), y le capacita así para mirar en otras direcciones y posibilitarse, de este modo, hallar sus propios caminos éticos, descubrirse a sí mismo como fuente de ética.

Pero esto no dura para siempre. Si se desaprovechan o desperdician, si se echan en saco roto estos movimientos provocados en la psique, todo quedará como antes… cuando no en niveles de desarrollo moral y espiritual sensiblemente más bajos.

Aquí no hay magia ni sacramento (tampoco lo que llaman iniciación sacramental), aquí lo que hay es iniciación.

La iniciación no imprime carácter, la iniciación zamarrea, y los efectos de ese zamarreo existencial pueden ser aprovechados por el sujeto para crecer como persona. O pueden, también, ser desaprovechados.

La expresión “imprime carácter”, por otra parte, no debería emplearse en francmasonería, puesto que alude a una supuesta realidad estrictamente confesional católica: se refiere a determinados sacramentos que, según la teología y sacramentología confesionales católicas, dejan en el alma una huella indeleble. Por ejemplo, bautismo u ordenación sacerdotal. De suerte que –seguimos escuchando a la teología- si el sujeto bautizado u ordenado abandonase el seno de la iglesia, continuaría, permanentemente, siendo un bautizado o un ministro ordenado. Esto no sucede en masonería: si desperdicias los efectos –transitorios, en ningún caso permanentes- de ese psicodrama llamado iniciación, obviamente serás alguien que se inició, pero nunca un iniciado y, desde luego, no un masón. Ser masón, ser masona es algo a realizar permanentemente, algo que hay que cultivar, cuidar y, a veces, dolorosamente conquistar. 

El comportamiento y actitud de algunos pretendidos masones da fe de ello.

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