Respeto y respecto a los Aprendices

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Tres son los grados de la Francmasonería simbólica o azul: Aprendiz, Compañero y Maestro. A cada uno de ellos le corresponde una etapa distinta, nueva, de conocimiento, tanto simbólico como operativo en la vida del Taller. Los Aprendices desbastan su piedra bruta, los Compañeros la ensamblan en el conjunto del edificio simbólico, los Maestros trazan los planos y dirigen los Trabajos.

El Hermano y la Hermana Aprendices son –simbólicamente- los hijos que han de venir con sus simbólicos padres, donde estos le van señalando. Guiados en todo momento por Maestros Masones, simbólicamente llevados de la mano hacia la Luz. Esto, sea cual sea su grado de instrucción profana. Con harta frecuencia sucede que Aprendices recién iniciados tienen más ciencia profana que sus Maestros Masones. Esto no sólo no es óbice sino que es deseable: de este modo, en el futuro, los y las Aprendices podrán aportar a su Logia un bagaje que –con toda evidencia- necesitará; en segundo lugar, les servirá para desbastar y pulir su piedra creciendo en humildad. Sabiendo, además, que el conocimiento que en este grado otorga la Iniciación Masónica es diferente del profano. El aprendizaje masónico es infancia espiritual para poder llegar a ser adulto espiritualmente. Es un renacimiento.

Las Hermanas y Hermanos de primer grado han de ser respetados sobre toda otra persona, cosa o circunstancia del Taller. Son Aprendices, se han de trabajar interiormente en el silencio –interno y externo- para crecer en lo más decisivo de su grado: la escucha. Sólo escuchando podrán acceder, simbólica y efectivamente, a la toma de la palabra cuando llegue el momento de su aumento de salario.

A los Aprendices no les interesan los chismes profanos, las maledicencias profanas, los tejemanejes y conspiraciones profanas que, a veces –lamentablemente- se dan entre determinados miembros de la Orden, con harta frecuencia profanos disfrazados carnavalescamente con mandiles manchados de odio, chismorreo, agresividad, medallas profanas…

Con demasiada frecuencia –lamentablemente-, Compañeros y sobre todo Maestros, queriendo arrimar el ascua simbólica a su sardina exclusivamente profana, intentan influir sobre Aprendices para llevarlos a su mezquino huerto. Olvidando y despreciando así algo esencial del método masónico, esta cierta y fundamental estanqueidad entre grados simbólicos, garantía de que cada cual progresará a su ritmo y según sus necesidades y posibilidades, sin ver forzada su maquinaria intelectual, afectiva, simbólica y cordial por los intereses espurios –ajenos a la Francmasonería- de cuatro pringados con mandil de colorines.

Respetar a las y los Aprendices es señal de buena salud en una Logia, en una Obediencia, en la Orden.


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