Libertad absoluta de conciencia (2)


https://i2.wp.com/upload.wikimedia.org/wikipedia/de/thumb/0/0b/Desmons.jpg/170px-Desmons.jpg La Francmasonería está abierta a todas las personas libres y de buenas costumbres, con creencias religiosas o sin ellas, con dioses o sin ellos. Pues no es tarea de la Orden pensar o formular a los dioses, lo que la abocaría irremisiblemente a categorizar a los hombres, a dividirlos, a enfrentarlos incluso, como ocurre con las pasadas y presentes guerras de religión. Masonería es unir lo que está disperso, ser centro de unión. Para esto, se impone como necesidad absoluta mirar al ser humano en cuanto tal, sujeto y objeto ético, al margen de considerandos metafísicos o específicamente religiosos. Masonería no es religión, ni estupa, iglesia, mezquita, sinagoga… Tiene diferentes objetivos, centrados en el conocimiento como dador de luz en este bellamente efímero más acá terreno de la humanidad, medida de todas las cosas; y en el ejercicio efectivo de la virtud, consecuencia de haber recibido y acogido la Luz.

           

Así fue siempre en el Gran Oriente de Francia… hasta 1849, coronación de un difícil período europeo en el que, por presiones de múltiples instancias clericales y seguramente también de instancias masónicas apresuradamente denominadas “regulares”, el Convent de ese año opta por incluir la fe en los dioses y en la inmortalidad del alma como condición para ser Masón; quedando, por tanto, virtualmente excluidos de nuestra Fraternidad eventuales hermanos ateos, agnósticos o con una visión puramente naturalista del mundo, de la vida, de cosmos.

           

¿Qué sentido tiene, así limitada, la Francmasonería? ¿Dónde queda la mente libre y sin dogmas, llamada a crecer con la chispa de un conocimiento igualmente libre y sin dogmas, y a desenvolverse en su entorno ejercitando una ética de la que es fuente el ser humano? ¿En qué estado queda la iniciación? ¿Qué será de la Logia? Se ve convertida en un reducto deísta o teísta más, dogmático, sin apertura plena al ser humano en cuanto tal, nacido libre y sin condicionamientos dogmáticos.

           

No falto, con estas apreciaciones, al respeto a las creencias, religiones, cultos, iglesias, mezquitas o sinagogas. Simplemente, la Masonería es algo sustancialmente distinto. Sin dogmas.

Pero el artículo primero de la Constitución del GOdF quedó de esta manera:

            La Francmasonería tiene por principio la existencia de Dios y la inmortalidad del alma.

Sin embargo, el debate continuó:

·          Veintiséis años después, en Lausanne, en un Convent, se toma el acuerdo de no identificar al Gran Arquitecto Del Universo con un dios, con cualquiera de los dioses (sólo en Japón hay más de ocho millones…), y dejar este acrónimo como símbolo para que cada Masón lo dotara de su particular carga significativa: dios creador, principio creador, fuerza superior, corpus de valores éticos… Así, de hecho, vienen haciéndolo numerosos hermanos masones, a veces en un ejercicio de creatividad, imaginación e incluso malabarismo evidente.

·          Siguiente etapa: el Convent de 1876 somete a votación la revisión del desaguisado perpetrado en 1849, llegando a establecer que la Francmasonería no es ni deísta, ni atea, ni siquiera positivista. En tanto que institución que afirma y practica la solidaridad humana, es extraña a todo dogma y a todo credo religioso cualquiera. Tiene por único principio el absoluto respeto a la libertad de conciencia. Semejante avance en el proceso de la definición masónica no supone que el Gran Oriente de Francia quisiera expulsar de sus Talleres a los dioses o a la inmortalidad del alma, no; simplemente, quiso dar entrada a la libertad absoluta de conciencia, marca de la auténtica y genuina Masonería, marca de la casa.

·          Pero el grande y definitivo logro, lo que consiguió que en el Taller masónico podamos reunirnos y trabajar juntos personas de diferentes concepciones antropológicas y metafísicas, se alumbró durante el Convent de 1877, y vino propiciado por una singular figura, no precisamente “sospechosa” de agnosticismo ni ateísmo: Frédéric Desmons, presidente de la comisión encargada de revisar el antedicho artículo primero de la Constitución del Gran Oriente de Francia. Merece la pena leer, estudiar y asimilar el memorable discurso final del hermano. Desmons:

            1º.- Los miembros de la comisión sabían a qué se arriesgaban: si  se  suprime actualmente  este artículo de  la Constitución, van a  separar el Gran Oriente de Francia de todas  las potencias masónicas del mundo. Van a aislarla del seno de la Masonería universal.

Algo que, efectivamente, sucedió; dando paso, por parte de la moderna Masonería de corte anglosajón, a un espurio -y terriblemente tedioso- debate sobre el concepto de regularidad masónica, cualidad que algunos pretenden arrogarse en exclusividad, más por creer en los dioses, por exigir esta creencia como obligación a la hora de solicitar ser recibido Francmasón. Pero la genuina Masonería une lo disperso.

           

Concluye el hermano Desmons este punto de su intervención con una divisa de los clásicos:

Amicus Plato sed magis amica veritas… Soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad (en mi traducción libre). Es decir: aunque perdamos la “amistad” de otras potencias masónicas, todo sea por aquella que de ningún modo podemos perder, la amistad con la verdad.

            2º.- La creencia en Dios y en la inmortalidad del alma no se ha inscrito sino muy recientemente (1849) en el frontispicio de nuestra Constitución. No se remonta, pues, a una venerable y remota antigüedad, sino que obedece a determinadas presiones, externas a los intereses masónicos. Por tanto -Desmons es taxativo-, aquí lo que se postula no es una innovación, sino el retorno a las fuentes, eliminando un peligroso añadido extra masónico que -éste sí- puede empañar la pureza de la Orden.

           

3º.- Lo que se somete a la consideración del Convent no es la sustitución de la formulación de 1849 por otra materialista y atea, sino estar más allá de todos los cultos y religiones. O sea, asumir la verdadera Masonería, sin dogma alguno que enturbie la límpida superficie del Conocimiento.

           

4º.- Razones para la supresión de la fórmula de 1849:

·          Porque  esta  fórmula  nos  parece  haber  provocado  a menudo  varios  apuros  a  los Venerables  y a  varias  Logias,  los  cuales  están  en ciertas circunstancias obligados, o bien a eludir la ley, o bien a violarla. Ahora bien, la Masonería,  ¿no debe dar siempre ejemplo de observación o de respeto de la ley?.

·          Porque, comprometedora para los Venerables y  las  Logias,  no  lo  es  menos  para muchos  profanos  que, animados  del  sincero deseo de formar parte de nuestra grande y bella institución, que se les ha descrito como una Institución amplia y progresiva,  se vean de  repente detenidos por esta barrera dogmática que sus conciencias no les permiten salvar.

·          Porque  nos  parece  totalmente  inútil  y extraña a la Masonería. Cuando una sociedad de sabios se reúne para estudiar una cuestión científica, ¿se siente acaso obligada a poner en la base de sus estatutos una fórmula  teológica cualquiera?  Si  estudian  la ciencia  independientemente  de  toda idea dogmática o religiosa, ¿no debe hacer la Masonería lo mismo? Su campo y su dominio  no  son  lo  suficientemente  vastos  para que  sea  necesario  incidir en  un terreno que no es el suyo.

El final del discurso es clarificador y ejemplar:

Dejamos  al  cuidado  de  los  teólogos  los  debates  sobre  los  dogmas.  Dejamos  al cuidado de las Iglesias autoritarias la formulación de sus estudios. De modo que la Masonería permanezca  siendo  lo que debe  ser, es decir, una  institución abierta a todo  tipo  de  progreso,  a  todas  las  ideas  morales  y  elevadas,  a  todas  las aspiraciones  amplias  y  liberales.  Que  jamás  descienda  al  debate  teológico  que jamás ha  tratado, ni en confusiones ni en persecuciones. Que se guarde de verse como una  Iglesia, un Concilio, un Sínodo, puesto que  todas  las  Iglesias,  todos  los Concilios,  todos  los  Sínodos  han  sido  violentos  y  perseguidores,  y  todo  ello  por haber  tomado  como  base  el  dogma,  el  cual  por  su  propia  naturaleza  es esencialmente  inquisidor  e  intolerante.  Así  pues,  que  la  Masonería  planee majestuosamente por encima de todas esta cuestiones de Iglesias o de sectas, que permanezca siempre al cuidado de  todas  las  ideas generosas y valientes de  todos los buscadores concienzudos y desinteresados de la verdad, y de todas las víctimas del despotismo y de la intolerancia.

Como anuncié arriba, Frédéric Desmons no era precisamente “sospechoso” de increencia; pues él, que sería Gran Maestro del Gran Oriente de Francia en varias ocasiones, era clérigo. No le animaba, por tanto, animadversión alguna hacia conceptos o símbolos religiosos, sino el amor a la pureza e independencia de la Francmasonería.

Tras el intenso debate, desterrados los miedos y mirando hacia adelante, hacia la Luz, el artículo primero de nuestra Constitución -con ulteriores redacciones- quedó como lo conocemos, patentizando el deseado carácter adogmático y liberal de la Francmasonería, subrayado una vez más por la Circular del 18 de noviembre de 1901: sus reglamentos abren ampliamente las puertas de sus Templos a todas las opiniones y a todas las concepciones filosóficas, morales o sociales y considera que toda clasificación de los Francmasones según categorías de intereses, de opiniones o de doctrinas, es contraria a los principios, a la Constitución y a las tradiciones de la Orden.

           

Un Trabajo masónico más laico en las formas propiciará el fondo de laicismo indispensable para que nuestra Orden y la sociedad general progresen por vías naturales de independencia y libertad.

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