La edad de la inocencia masónica: sentimientos de un Segundo Vigilante

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Es curioso, me siento enormemente rejuvenecido. Uno tiene su “cierta edad”, como aseguran los benévolos, pero de misterioso modo esta “edad indefinida” parece haberse remozado desde la semana pasada. Con cierto sabor –he de reconocerlo- agridulce, de luz sombreada –asombrada acaso-, o de sombra luminosa. ¡Misterios del damero!

Hace unos días, poquitos, en mi Taller se celebró el aumento de salario de dos queridos Hermanos Aprendices que, probadamente, han cumplido tiempos, trabajos y afanes, con perfecta integración en su Columna y en la Logia en general. Era –lo fue- una jornada de expectación, cierto nerviosismo, gozo y maravilla por su parte y de sensación de trabajo bien hecho en el ánimo de toda la Logia. También, de alguna lagrimilla y garganta cogida, por parte de su Segundo Vigilante.

Sin embargo, veréis… nunca –soy novato en el Oficio- me había parado a pensar en los sentimientos de un Segundo Vigilante. Desconozco si se tratará de la bisoñez propia de quien lo es por primera vez, pero… parecía que se me iba algo de dentro. ¿Extraño, verdad?

Sé que no son “mis” Aprendices, que soy un mandao, que son Hermanos del Taller, de todo el Taller. Sé que es todo el Taller quien forma, instruye, construye… Sí, pero… curioso (valga y perdonada la redundancia) que eso de la fraternidad, de la “antigua Cofradía” no son palabras bonitas y hueras sino bellas y plenas de sentido. Se llega a querer, y mucho, a los Hermanos y Hermanas; se llega a sentir esa realización tan perfecta de la hermandad que llamamos amistad. “Amigo mío, venid conmigo”… Fueron, vinieron, trabajaron… ahora son Compañeros Francmasones.

Los sentimientos de un Segundo Vigilante novato afloraron durante el aumento ritual de salario, fugazmente se enseñorearon de él y, finalmente, reposaron en una alegría grande, que lo fue de toda la Logia.

Mis… nuestros Queridos Hermanos son ahora Compañeros, son ahora viajeros, caminantes que hacen camino al andar; para, colgando antorchas en los muros de la noche, hacer brillar la Luz, la Gran Luz que les fue dada y que –ahora, ya Compañeros; ahora, ya con palabra concedida por haberse gestado y aquilatado en el silencio- han de empezar, a su vez, a encender dentro y fuera del Templo, siendo ejemplo para todos y todas. Compañeros del oficio, con vocación de conocer otras riquezas humanas, simbólicas, constructoras, y traerlas –a la vuelta- a su Taller.

Dos se fueron de “mi” Columna; y otros dos nuevos –un nuevo Hermano y una nueva Hermana-, recién recibidos Aprendices, vuelven a alegrar la obra con el aún balbuciente repiqueteo del mazo sobre el cincel, de éste sobre la piedra. Pronto será rítmico el golpeo, pronto desprenderá las primeras esquirlas. Muy pronto –“más temprano que tarde”, como asegura el Hermano Salvador Allende- se empezará a pulir y cubicar su piedra, destinada a ese Templo que ha de alegrar la gran alameda de la Libertad.

Sentidos y sentimientos de un Segundo Vigilante bisoño. Y contento.

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