Espiritualidad masónica y espiritualidades

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En diversas ocasiones y de diverso modo, solemos referirnos a la espiritualidad masónica como cimiento esencial que funda la especificidad y acción de los francmasones, en nuestra doble búsqueda iniciática: la íntima y personal y la apertura hacia el otro, en ese proceso de construcción personal y social en que se implica la Francmasonería como institución filantrópica, filosófica y progresiva. Se trata de una espiritualidad, la masónica, pautada por el rito (pero no encorsetada por él) y vehiculada por éste hacia fuera del Templo: “nuestros Hermanos no aspiran al reposo; prometen continuar, fuera del Templo, la obra masónica”. Espiritualidad que, indefectiblemente, ha de concretarse en compromiso, en trabajo, en lucha.

Vivimos en un mundo hoy por hoy desestructurado por el olvido de una cultura humana, de un patrimonio humanista, de un destino común para la humanidad; por el olvido de una ética humanista y la sustitución de ésta –suplantación- por cualquiera de las morales emanadas de las religiones; en definitiva, el olvido de una espiritualidad común. Desestructurados por la desmemoria de lo esencial –ser verdaderamente humanos-, tendemos en ocasiones a parapetarnos en posturas, actitudes y comportamientos ciertamente irracionales, cayendo en brazos de los recetarios presuntamente espirituales y ciertamente dogmáticos que brindan las religiones. Pues es innegable que es el dogma característica de las religiones.

No se trata de desprestigiar las multiformes espiritualidades religiosas, sino de potenciar una espiritualidad común que una y no separe a los seres humanos. En este sentido, la Francmasonería tiene una palabra que decir.

Una palabra sobre la espiritualidad. Pero sin confusión: no se trata de rellenar a la Masonería –como se hace a veces- con aportes de espiritualidades específicas de toda índole (cabalística, mística en sus diferentes concreciones, alquimista, cristiana, sufí, islámica, judía, etc…), pues la Masonería no es un envoltorio vacío donde todo quepa, sino que posee una espiritualidad específica centrada en la construcción del ser y de la humanidad. Una espiritualidad laica, que tanto sirve a laicos como a creyentes religiosos.

Si rellenamos con aportaciones foráneas la espiritualidad masónica, corremos el riesgo de crear ciertos monstruos, con alguna forma pero bien poco fundamento masónico, más propios de dogmatismos religiosos que de la Orden masónica. Además, cuando se producen dichos rellenos –que, efectivamente, se producen-, se puede asistir a presuntas Tenidas que de tales tienen los apellidos formales y rituales, pero les falta la esencia del nombre masónico: su simplicidad, su limpieza, la luz de su libertad… esa aparente indefinición que tanto aterroriza a los buscadores y buscadoras de recetas fijas, de dogmas.

No hay recetarios en Francmasonería. Hay herramientas simbólicas cuyo conocimiento y uso requieren de una innegable actitud y un serio ejercicio de espiritualidad. El trabajo de la piedra bruta demanda esfuerzo material y espiritual.

¿Qué caracteriza a la espiritualidad masónica? Tal vez las enormes alas para volar en libertad que le brinda su falta de dogmas. Esta es su especificidad. La espiritualidad masónica viene marcada por el ejercicio de una conciencia ética, por el esfuerzo y la lucha para desbastar la piedra bruta, en los planos íntimo y social. Ciencia, conciencia, combate.

No hay más. Ni menos, por supuesto.

En Masonería caben Hermanos que tengan creencias y espiritualidades religiosas, claro, con tal de que acepten, abracen y promuevan esa espiritualidad común –laica- que consiste en ejercitar pensamiento, conciencia y acción –el espíritu humano- más allá de determinadas especificidades de índole religiosa, no humanista.

¿Con qué nos encontramos? Demasiadas veces, con religiosos y religiosas, alquimistas, hechiceros, cabalistas… con mandil.

Un cabalista, una alquimista, un religioso, una hechicera… pueden ser masones. Pero un Taller masónico no puede ser alquimista, religioso, hechicero, cabalista… Un Taller masónico ha de ser –simplemente, limpiamente- masónico.

Fuera del Templo masónico, es posible y legítima toda espiritualidad que haga crecer y que respete y potencie a los seres humanos. Pero no podemos convertir el Templo masónico en iglesia, mezquita, estupa, aquelarre, sinagoga, laboratorio de alquimia, celda de místicos, cenobio de monjes guerreros…

A partir de aquí, podemos empezar a asimilar la profunda y libérrima espiritualidad que la Orden brinda a sus miembros. Una espiritualidad no privativa de personas con creencias religiosas, pero sí propia de personas con creencias.

La semana pasada, un querido Hermano de allende los mares me decía: “sólo puede ser masón alguien religioso”. No estoy de acuerdo. Sólo puede ser masón alguien espiritual. Y esto no tiene por qué tener vinculación con la religión.

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