El silencio de los Aprendices Francmasones

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El primer período de la vida masónica viene coloreado por el silencio comoatmósfera de Trabajo y herramienta eficaz. Los Hermanos Aprendices, dedicados a la talla y desbaste de su piedra bruta, son símbolo vivo y operante de la humanidad que trabaja en la obra de su propia perfección: alcanzar su más pleno carácter humano. Las personas que son conscientes de que pueden mejorar necesitan, entre otras cosas, el silencio para centrarse en el propio viaje interior, cuajado de descubrimientos.

Por su funcionalidad y fuerza simbólica, el silencio de los Aprendices es:

Silencio para escucharse. Los ruidos profanos dispersan al individuo y a sus energías, haciendo que viva anclado en la superficie, sin profundizar. Aprendiendo a escucharse, el Aprendiz Francmasón descubre, en medio del silencio, la maravilla de un sinfín de posibilidades de realización personal. Percibe así su propio silencio comolíquido amniótico de una palabra –la suya propia- que ha de nacer y ser articulada, proferida, dicha. Cuando por fin hable, no parloteará sino dirá palabras con sentido. 


Silencio para escuchar al otro. Al no participar, con su palabra pronunciada en Logia, de los debates sobre las planchas trazadas y los temas propuestos, el Aprendiz se centra y se concentra en la escucha. De este modo, las palabras de sus Hermanas y Hermanos no se pierden, sino que son acogidas. Mientras sus Hermanas y Hermanos hablan, los Hermanos y Hermanas Aprendices participan en el diálogo del Taller por medio de su silencio, fértil y activo, que toma nota, piensa, da fruto.

Silencio como rebelión ante las falacias mediáticas, para discernir palabra de ruido. En este sentido tiene el silencio un genuino carácter revolucionario.

Se trata de silencio (carácter activo), no de mutismo (pasivo).

Mientras el Aprendiz calla y talla su piedra, la palabra masónica, en él, se va aprestando para brotar: potente, luminosa, fraterna.

El silencio es vehículo inductor de la calma interna, contra la prisa.

“El Big Bang fue algo mucho más íntimo, por sordo e invisible. De hecho, la luz apareció centenares de miles de años después del inicio” (Manuel Lozano Leyva).

Pues eso: no hay prisa.

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