Asesinos de Aprendices

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Lo propio del Aprendizaje Masónico reside en el silencio; su tarea, en dicha atmósfera, consiste en el autodescubrimiento que cada Aprendiz realiza, como esforzada labor. Los Aprendices Masones callan y tallan. A lo suyo. Es su trabajo, su única –enorme- misión. Del cumplimiento satisfactorio de la misma dependerá su futuro, el futuro de su Taller y el de la propia Orden.

Por eso no toman la palabra en Tenida. No se trata de un castigo –aunque, circunstancialmente, pueda constituir una prueba- sino de un don, un privilegio: se les otorga un tiempo más o menos prolongado para que ahonden en sí, disfruten de sí, aprendan a escuchar, conviertan su silencio en fértil líquido amniótico en el que, llegado el momento, se gestará, crecerá pujante y brotará una palabra que tenga sentido. Por eso los Hermanos y Hermanas Aprendices han de aprender a escucharse y a escuchar a sus Hermanos y Hermanas. La palabra sí es lo suyo, pero palabra escuchada, oída, acogida, reflexionada, discernida. Aún no pronunciada por ellos. Silencio es, también, discernimiento. Y esto es sagrado: nadie debe vulnerarlo, pues está en juego la madurez iniciática y masónica de Hermanas y Hermanos que se nos han confiado, que se han fiado de nosotros.

La esencia del Aprendizaje Masónico es el silencio. Silencio no solamente como ausencia de voz o de palabra en Logia, silencio que no es mutismo ni fúnebre calma de cementerio, sino viaje interior al fondo de sí mismo, de su propio grado, acallando ocasionales voces que, tanto desde fuera como desde dentro del Taller, pretendan implicar al Aprendiz en otros negocios y ocios, profanando la maravilla de lo que el grado le regala.

Los Aprendices portan, como todos los Francmasones, una prenda simbólica esencial, el mandil blanco. Ellos lo llevan con la baveta levantada, a manera de protección, para no manchar su esencia –de iniciados que quieren ser Francmasones- con las esquirlas que salten de su piedra bruta.

La protección significada por la baveta alzada ha de tomársela en serio toda la Logia, no únicamente los Aprendices. Son adultos, cierto, nadie lo duda; pero, en el especialísimo sentido espiritual que conlleva la iniciación masónica, están en la primera edad de la vida masónica, vida que todo el Taller ha de proteger y preservar. Toda la Logia, pues, se ha de constituir en baveta de protección.

Lamentablemente, a veces –quiero pensar que no demasiadas- sucede lo contrario. La leyenda del Maestro asesinado por malos Compañeros –mito que funda el grado de Maestro y, globalmente, toda la actual Francmasonería especulativa- no se refiere a una desafortunada realidad, no advierte de un peligro latente: hay malos Maestros y hay malos Compañeros que, despreciando el proceso personal de los Aprendices, les quieren llevar a su huerto, pretenden utilizarles, manejarles, usarles incluso como granero de votos para asegurarse cierto mezquino mando en plaza.

Les hacen oír chismes varios, cortan trajes nuevos a más de cuatro Hermanas y Hermanos, les hacen menospreciarse a sí mismos como seres susceptibles de crecimiento espiritual.

De este modo, el Taller puede explotar en mil pedazos, merced a estos malos Maestros y Compañeros que emplean a Aprendices como arma arrojadiza. De pronto, resulta que un Aprendiz sabe más de cotilleos de logias, Obediencias y Masones que de pulir su piedra bruta. Ese Aprendiz ya se ha perdido, ha muerto. Suena drástico, duro, pero… así es. Ha entrado en el lado oscuro, donde se desprecian el camino iniciático y el método masónico. No es su culpa, pero sí su desgracia.

La Orden, vieja y sabia, confía el cuidado de los Aprendices al Segundo Vigilante, único que debe intervenir cerca de ellos, comisionado por todo el Taller. Lo demás son… metales y mundo profano disfrazado con mandil.

Malos Compañeros mataron al Maestro, malos Maestros y malos Compañeros mataron, matan a los Aprendices.

¡Baveta arriba!

Ya habrá tiempo de abatirla para meterse en otras faenas.


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