¿Masonería o mística? Dos caminos distintos.

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No hace mucho, he tenido la oportunidad de participar en el levantamiento de Columnas de una Logia. Un evento sobrio y exquisitamente cuidado; pautado, además, por una Columna de Armonía discreta –como ha de ser-, respetuosa con el dinamismo del Rito; con unas piezas musicales que mantenían el ambiente creado, respetando y acentuando la palabra pronunciada, sin suplantarla. Me ayudó enormemente a vivir el acto; de hecho, salí encantado.

No obstante, a la salida pude saludar a un querido amigo que se quejaba, precisamente, de la misma columna de armonía que a mí me había cautivado. Le molestaba, concretamente, que se hubiera dejado escuchar en el Templo el “Canto a la libertad” de Labordeta, cuyo valor y sentido iniciáticos mi amigo discute. ¿Cuestión de gustos musicales? Tal vez algo más hondo. Este amigo defendía el carácter místico de los Ritos masónicos; yo hablo de su índole iniciática, algo sustancialmente diferente. La masonería no tiene nada que ver con la mística, con las místicas, porque la masonería es una Orden iniciática, no mística.

Existe una diferencia sustancial entre mística e iniciación, lo que las configura a ambas como distintas. Son diferentes caminos. Esto, obviamente, no supone enjuiciar a la una como peor que la otra, o viceversa, en una espiral de reproches de nunca acabar. Simplemente, no son lo mismo.

René Guénon, en sus “Aperçus”, señala que la mística se define por su carácter pasivo, mientras que la iniciación es activa. Dicho de otro modo: el místico se somete a la recepción, desde arriba, de bienes superiores que espera por fe. El iniciado, en cambio, es el individuo que se auto realiza, no esperando recibir don alguno proveniente de hipotéticas instancias externas superiores a él. Concluye Guénon, rotundamente: “la iniciación es, por su naturaleza misma, incompatible con el misticismo”.

Para Oswald Wirth, la iniciación no se concreta por su esoterismo u ocultismo, “lo que nos viene a enseñar no es una ciencia más o menos oculta”(…). “Es un Arte, el arte de la vida”.

La entraña iniciática de la Masonería viene definida en el artículo 1º de la Constitución del Gran Oriente de Francia: se trata de una institución “filantrópica, filosófica y progresiva”. De este modo, el sello iniciático viene configurado por el amor a la Humanidad, a la sabiduría y a la verdad, al progreso sin fin. Mejora material y moral, intelectual y social de la humanidad caracterizan la vía iniciática, frente a la mística, que es de otro signo y apunta a la unificación del ser personal en contacto con los dioses. La mística, pues, aspira a convertir al hombre en monos (uno), monje; la iniciación, a que tome conciencia de su propia y maravillosa multiplicidad en un mundo maravillosamente múltiple, diverso, con más de una lectura interpretativa.

¿Masonería o mística? Disyuntiva sin posibilidad recta de cópula. Cada vez que se acoplan la una a la otra, pierden ambas.

Debido en parte a la influencia de cierta moda que incide en una concepción excesivamente sobrenatural de lo esotérico (confundido por ella con ocultismo clase C), demasiados miran a la Orden como si se tratara de una vía mística, una para-religión o una orden de caballería, queriendo hacernos descender directamente –por vía parenteral mental- de los mismísimos Templarios, con los que la Francmasonería no tiene absolutamente nada que ver. No somos monjes, somos francmasones.

Atraídos por las frivolidades de charlatanería feriante de determinados mentideros pseudo-masónicos, hay quien quiere acercarse a la Orden como si ésta fuese poco menos que un aquelarre (con todos los respetos), una capilla de subcontrata cristiana o incluso una sucursal espirita.

¿Para qué nos iniciamos masones? Para ser felices, sí, pero felices construyéndonos y construyendo sociedad. No para ninguna suerte de santa holganza narcisista autocomplaciente. Nos iniciamos para afrontar y construir la vida, la persona, el mundo. No para encerrarnos a escuchar oremus ni a salmodiar tantumergos, en esa suerte de onanismo espiritual que algunos desean atribuir a la Orden. Nuestra espiritualidad camina hacia la alteridad.

Aquí, ciertamente, cabemos todos, con ciertas condiciones, entre las que destaca el  no estancarnos. Cuando el Aprendiz se sienta en su banco, empieza percibiendo la belleza del proceso iniciático, del método masónico; pero no se encierra ahí, no se engolfa en la belleza, sino que, cuando llega a ser Compañero, con fuerza trabaja y construye sociedad, codo a codo con sus hermanas y hermanos. Finalmente, si el proceso es rectamente vivido, planifica y diseña con sabiduría, prudencia, sensatez, mesura… los planos del edificio social, del Templo prefigurado y bosquejado en su Taller.

La iniciación entraña una doble misión: por un lado, hacer que los iniciados se perciban como dueños de sí y, por otro, como agentes de transformación de su mundo conocido. La iniciación, desde siempre,  faculta a quien enfrenta sus pruebas a afrontar la vida, con sus desafíos y riesgos.

La música de la masonería transporta, ciertamente, a un plano distinto de existencia. Pero no se trata de un plano sagrado, en ese sentido tan emparentado con el mundo religioso o místico, sino del plano iniciático, tan distinto del sagrado como del profano.

Aquí caben tanto el creyente en una religión como el creyente en cualquier creencia no religiosa. Pero en la Logia se labora, no se ora. Su atmósfera es la absoluta libertad de conciencia.  

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