¿Hace falta creer en Dios para ser moral?

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Se honra hoy este blog con la aportación de dos luces del pensamiento europeo laico: Catherine Kintzler y Jean-Michel Muglioni; quienes, gentilmente, me han concedido su autorización para publicar estos textos, que han visto la luz en: 

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Catherine Kintzler es filósofa, profesora emérita de la Universidad de Lille y miembro del bureau de la Société française de philosophie. Autora de varios libros sobre diversas materias: música, enseñanza, política, teatro, laicismo… Le agradezco profundamente su permiso de editora, para poder reproducir aquí, en castellano, su presentación y el artículo de fondo.

Jean-Michel Muglioni es filósofo, antiguo profesor de filosofía y prolífico escritor. Él personalmente ha supervisado y autorizado mi traducción de su luminoso y cautivador artículo, por lo que le estoy muy reconocido.

¿Hay que creer en dios –en cualquiera de los más de ocho millones de dioses- para ser moral? La gran pregunta: ¿es el hombre fuente de ética, o depende de fuentes externas –presuntamente divinas- a él?

Con seguridad, este artículo alumbrará caminos de respuesta.


 Benedicto XVI ha ido a recordar a los ingleses que sin la creencia en Dios, la humanidad está condenada al totalitarismo. No hace sino retomar las observaciones de su predecesor contra las Luces. Jean-Michel Muglioni pregunta en este artículo qué queda de la exigencia de universalidad del catolicismo, si un hombre o incluso una sociedad que no creen en el Dios de la religión romana están condenados al mal. ¿Cómo puede la separación de la Iglesia y el Estado ser admitida por un creyente para quien la obediencia a la ley civil requiere el permiso de su Dios? Basta formular de otro modo la pregunta, para obtener una respuesta distinta a la de los papas: ¿es verdad que únicamente la creencia en Dios puede evitar que un hombre apruebe a Hitler o a Stalin?

¿Depende la moralidad de la creencia en Dios?

Reflexiones teológico-políticas

Por Jean-Michel MUGLIONI

Rechazo de las Luces

El Papa ejerce su oficio: quiere fieles. Teme perder su clientela. Así, la retórica de Ratzinger, como la de su predecesor, no retrocede ante nada, ni siquiera ante lareductio ad Hitlerum et Stalinum: Wojtyla había escrito que: “si el hombre puede decidir por sí mismo, sin Dios, acerca de lo que es bueno y lo que es malo, puede también disponer que sea aniquilado un grupo de hombres. Decisiones de esta clase fueron tomadas bajo el tercer Reich”. De este modo, los horrores del siglo pasado se deberían al ateísmo.

¿Y de dónde viene este ateísmo? ¡La culpa es de Voltaire! Como se enseña en el Vaticano, se remonta más lejos: la culpa es de Descartes, del cogito, de la audacia de preguntarse, como lo hace Descartes, si la idea que tenemos de Dios no es tan vacía como la de una quimera, en lugar de entregarse primero a Dios como ser que se nos impone antes de todo examen y al que hay que someterse. La culpa también es de Kant, pues su tesis principal es la autonomía, o sea la subordinación de la creencia en Dios a la moralidad. Kant quiere decir, en efecto, que si nos comportamos bien porque creyendo en Dios tememos su castigo o esperamos sus recompensas, no hay ninguna moralidad en nuestra conducta; nuestra vida sólo tiene valor moral si tiene como principio el libre reconocimiento del mérito de la honestidad. Si, prolongada por la creencia en Dios, se ve reforzada por una esperanza en el cumplimiento de la justicia, entonces y solamente entonces esta fe (a la que Kant llama “práctica racional” o “razonable”) no es discutible. Así, creer en un Dios bueno que ha creado un mundo en el que el bien no es imposible. En suma, Kant subordina teología a moral, en lugar de hacer depender moralidad de creencia, como hace el Papa.

Rechazo de la libertad de conciencia

Así pues,  para los papas, lo peor no es el ateísmo, puesto que Descartes creía en Dios e incluso prueba en cierto sentido la existencia de Dios en su Métaphysique. Pero para Wojtyla, afirmar la existencia de lo que él llama, retomando la expresión de Pascal, “el Dios de los filósofos”, ya es ateísmo, puesto que esta tesis metafísica depende del libre juicio de cada conciencia. Que Kant justifique la fe con los límites de la simple razón es otra forma de creer que coloca el libre juicio por encima de la creencia. No creer como exige el Papa es ser un hombre peligroso, en la línea del hitlerismo y el estalinismo. ¿Ha admitido realmente la Iglesia la libertad de conciencia que la historia, es decir las armas más que los argumentos, le han obligado a reconocer? A su jefe no le importa tanto la creencia en Dios, cuanto su dominio de las conciencias: necesita poder decidir qué está bien y qué está mal. Tengo la sensación de que mis amigos católicos, afortunadamente, no comparten tales prejuicios.

Transcendencia de un poder o transcendencia de la razón

Hay, además, pamplinas sobre la transcendencia que la misma Iglesia ha sancochado, para decir que es necesario un ser todopoderoso por encima de la humanidad, pues si ésta olvida que aquél lo puede todo sobre ella, se volvería loca. Ahora bien, dicha transcendencia teológica es lo contrario de la transcendencia cartesiana de la razón, que quiere decir que hay una divinidad del pensamiento, de suerte que pensar, para el hombre, es poder comprender la verdad, no solamente obtener ideas, como suele decirse. En un caso se habla de transcendencia para decir que el hombre debe someterse a un poder superior; en el otro, por el contrario, se trata de rendir cuentas al honor de pensar: por el pensamiento participa el hombre del absoluto y debe, pues, acceder a la edad adulta del libre juicio. A veces se lamentan los políticos de que los hombres no se inclinen por creer en la primera clase de transcendencia.

Los integrismos

¿Cómo culpar a los integristas musulmanes, cuando sitios web católicos (basta buscar en Internet Memoria e identidad de Juan Pablo II) citan con delectación esa obra de Karol Wojtyla y sueñan con ver a la Iglesia romana imponer su legislación a los Estados? Las propuestas de los papas nos hacen dudar de que la Iglesia haya aceptado realmente no regular ya la vida de los hombres en la ciudad: ¿sentirá nostalgia del tiempo aquel en que la más ordinaria de las prácticas humanas estaba subordinada a las normas que ella imponía, como aún pretende hacer la religión musulmana en numerosos países? Confundir deliberadamente religión y moral, luego moralidad y costumbres, caracteriza a todos los integrismos. Decir que sin creencia en Dios nos acecha el totalitarismo es darle la razón y es tener una concepción así mismo totalitaria de la sociedad y de la vida humana en general.

Los regímenes totalitarios se instalaron en países cristianos

Por otra parte, se da en las intenciones del Vaticano una simpleza admirable, pues, en fin, el estalinismo arraigó sobre todo en países donde había pocos ateos. Sé que la Iglesia ortodoxa fue realmente muy perseguida por el régimen comunista, pero ¿sorprende que haya recuperado hoy toda su influencia política y que el poder establecido en Rusia, de cuyo carácter republicano y democrático se nos permitirá dudar, se apoye en ella? De igual modo, ¿pueden los historiadores decirnos que la Alemania de los años 30 se componía esencialmente de electores ateos? ¿Qué la Francia de Vichy estaba compuesta esencialmente por franceses que rechazaban el catolicismo? ¿Ha impedido la creencia en un mismo Dios que protestantes y católicos se maten entre ellos? ¿Ayuda mucho en la solución del problema irlandés? Las guerras de religión y las cruzadas, ¿son menos espantosas que otras guerras? Pero por ser vicario de Dios, escribe y dice cualquier cosa. Otro ejemplo. Hay que felicitar al Vaticano por su voluntad de poner fin a prácticas que los ministerios de educación encubrieron en todas partes hasta hace muy poco, incluso en la escuela laica, pero no se nota que su creencia haya preservado de la pedofilia a los servidores de Dios más que a los otros hombres. No es verdad que, de forma general, la creencia en Dios sea prueba de moralidad o que aleje del mal.

La reductio ad hitlerum no tiene ningún sentido

La cuestión de la relación entre ateísmo y virtud moral y política ha sido debatida por algunos filósofos y, a lo largo del siglo XVIII, a partir de los Pensées sur la comète de Bayle; incluso los que veían en ello un verdadero problema tenían otros argumentos, y algunos de ellos querían precisamente fundar un orden político que no estuviera subordinado a una religión. Hay, pues, una parte de verdad en las intenciones de los papas, pero en toda su retórica, como en toda retórica política o teológico-política, lo peor no es tanto lo falso o mentiroso que diga, cuanto su uso de la verdad. Es, por ejemplo, verdad, como subrayan Wojtyla y Ratzinger, que un pueblo puede elegir democráticamente a un déspota, y pueden poner el ejemplo de Hitler: pero no tienen derecho a concluir de lo anterior que las Luces y Descartes, habiendo enseñado a los pueblos a disponer de sí mismos y a darse leyes, son  causa del hitlerismo. Es cierto que pueden ser injustas algunas leyes votadas democráticamente, pero este argumento, y todos los ejemplos que se quiera, pues son numerosos, no permiten concluir que el ateísmo favorece leyes injustas. Este argumento no tiene ningún sentido: antes de la aparición de la democracia entre nosotros y antes de la separación de la Iglesia y del Estado, ¿eran más justas las leyes? (Es cierto que el objetivo de la retórica romana es denunciar la pretendida injusticia de leyes que autorizan el aborto en determinadas condiciones). ¿Pretenderán que hay que creer en el Dios de los cristianos para saber que la ley que los hombres se dan puede ser injusta y para tener el coraje de oponerse a ella? Los Antiguos lo sabían y las teorías del derecho natural, de la que salió la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, nacieron de un combate contra la doctrina de esta Iglesia y contra la idea de que el derecho debía tener fundamento en la fe –fundamento teológico y sobrenatural, pero no racional o natural. Fue una vuelta a lo que se llamaba filosofía “pagana” lo que permitió la revolución de las Luces. El sacerdote enviado para que Montesquieu renegara, en su lecho de muerte, de L´Esprit des lois no se equivocó. En resumen, como siempre, la fuerza de la retórica se basa en una apuesta, que es la ignorancia de aquellos a quienes va dirigida. Como se ha visto, se viola la más elemental verdad histórica.

Subordinar el respeto al hombre a la creencia en Dios es el prejuicio común de cierto cristianismo y del cientifismo más reductor

Subordinar la distinción del bien y el mal a la creencia en Dios, pretender que, sin dicha creencia, un hombre pueda disponer de los otros como quiera, incluso aniquilarlos, subordinar así el respeto a la persona humana a esta creencia ha sido siempre el principio de las persecuciones religiosas.

Pero, por otra parte, se ha vuelto usual sostener que toda limitación impuesta por la ley a las manipulaciones genéticas, por ejemplo, limita la investigación científica en nombre de arcaicos prejuicios cristianos; que incluso el respeto otorgado a la persona humana, esto es, el rechazo de la reducción del hombre al animal que también es, es un prejuicio cristiano o judeocristiano, suprema injusticia. Sería una ilusión antropocentrista afirmar la superioridad del hombre sobre la bestia, el valor absoluto de la persona humana. Bonito futuro les espera a estas “tesis” cientificistas si los papas no cambian de retórica, pues se hace imposible distinguir religión y superstición y sostener que el respeto a la persona humana no es una creencia irracional contraria a la biología molecular o a la neurología, las cuales, en efecto, no van a correr el riesgo de encontrar en sus laboratorios lo que distingue al hombre del animal.

Contemplada desde el punto de vista político, la subordinación de la moral a la religión significaría, por ejemplo, abandonar a la arbitrariedad los comités de ética, puesto que dicha creencia no podría servir como base de una legislación que se impusiera también a los no creyentes. De este modo, bastará considerar que hay gran diversidad de religiones y creencias, que varían según lugares y épocas, y que sólo la verdad científica es universal. El catolicismo manifiesta frecuentemente cierta tendencia a la universalidad (católico, en griego, quiere decir universal), es decir, a afirmar el valor absoluto de la persona humana, de cualquier hombre. Si este valor depende de la religión que se tiene o no se tiene, entonces se acabó la universalidad. Se perdonará la banalidad de semejante proposición, pero  solamente quiere decir que el anticlericalismo es un combate eterno, al menos para quien no se contenta con una falsa moral y una falsa espiritualidad.

Anexo, añadido el 6 de octubre de 2010: cómo el cientifismo dice en el fondo lo mismo que el papa

Releyendo mi texto, pienso que el final, un poco demasiado rápido, necesita una puesta a punto más explícita. Quería decir esto: los cientificistas, científicos o filósofos que niegan que fuera de las ciencias positivas haya la menor racionalidad y que consideran los principios morales como prejuicios religiosos, dichos cientificistas dicen, en el fondo, lo mismo que el papa. Lo mismo es creer que un ateo es necesariamente inmoral (discurso del papa) que pretender que toda exigencia moral que pudiera oponerse a experimentar con el hombre se basa en un prejuicio religioso (discurso cientificista ateo).

He visto, efectivamente, cómo “investigadores” para quienes sólo es real lo que encuentran en sus laboratorios pretenden que el respeto a la persona humana es un prejuicio judeocristiano. Ciertamente, el reconocimiento del valor absoluto de la persona humana no puede justificarse ni mediante demostración matemática ni por experimentación de laboratorio: ¿Se trata de un prejuicio religioso o de una simple necesidad social? ¿Hay elección entre este racionalismo estrecho y la creencia en Dios?

Ciertamente, la moral elemental encuentra expresión en mitos a los que se refieren las diferentes religiones, pero eso no prueba que se reduzca a aquello en lo que las religiones quieren convertirla cuando la subordinan a la voluntad de los dioses. Al contrario, esto prueba que todas estas religiones son verdaderas en un sentido y que sus mitos merecen ser leídos y releídos. Y tenía yo derecho a concluir que, cuando las autoridades religiosas, sean las que sean, pretenden que fuera de la religión no hay moralidad, les hacen el juego a los cientificistas. Los errores de pensamiento de los unos alimentan los de los otros. Aquí, ambos “bandos” admiten que la cuestión del sentido no exime finalmente de la razón: son dos irracionalismos.

A guisa de conclusión, algunas líneas de Platón, como se decía, filósofo pagano. Sócrates pregunta al sacerdote  Euthyphron: “¿El santo es amado por los dioses porque es santo, o es santo porque es amado por los dioses?” (p. 10a, traducción delEuthyphron por Victor Cousin –y se puede sustituir santo por piadoso).

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