¿Aconfesionalidad o laicismo?

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Aseguran quienes dicen saberlo que, Constitución de por medio, el Estado Español no es laico, sino aconfesional. Para averiguar la diferencia entre ambos términos, recurramos al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), que los define.

Laico, en su primera acepción, es aquél (o aquélla) “que no tiene órdenes clericales, lego”. En su segunda significación, “dícese de la escuela o enseñanza en que se prescinde de la instrucción religiosa”.

En cuanto al primer significado, el español debería ser considerado Estado laico, puesto que no ha sido ordenado (por ahora…), ni de menores ni de mayores, por mucho que diversas, insistentes y sucesivas consagraciones a determinadas deidades particulares del panteón católico-romano hayan pretendido preservarlo bajo el hábito pardusco de las trágalas más rancias y siniestras. Aún resuenan en nuestros oídos las vociferaciones callejeras de quienes, en aras de una pretendida libertad religiosa y de culto, exigían la implantación de la asignatura de religión y la derogación de la de Educación para la Ciudadanía, a la que, con más desfachatez que razón, motejan de injerencia estatal en la moral de todos.

Así pues, diga lo que diga nuestra carta magna, nos encontramos con un Estado sol y sombra; o ni frío ni caliente; o laico porque no ha sido ordenado, pero forzadamente clerical por el asedio al que lo somete la jerarquía católico-romana. O sea, no hay quien se entere, aunque lo lea en la Constitución, mientras esta rauca clerical cacofonía continúe martilleando nuestras entendederas para mantener la colonización de las conciencias. Qué lejos están, a años sombra, de las comunidades cristianas de base (denominación genérica, no específica), que -desde postulados cristianos- propugnan un discurso y un Estado laico.

Con respecto a la aconfesionalidad de este Estado, la duda persiste, dado que, por un lado, “no pertenece o está adscrito a ninguna confesión religiosa” (DRAE dixit), si bien (si mal) esta España nuestra continúa pareciendo el convento nacional católico de siempre, en la práctica totalidad de sus manifestaciones públicas de alegrías, alborotos, duelos barra quebrantos. Verbi gratia, la boda del Príncipe de Asturias, oficiada a bombo, platillo, nerviosismo de arras al suelo, y a cámara (de la tele pública) tendida, con la participación coral, presuntamente aconfesional, de un gobierno de respetuosas y devotas maneras. Parecido cabe decir de homenajes póstumos y grandes funerales de Estado por las víctimas del atentados y siniestros varios: todo según el ritual católico-romano que, quiéranlo o no negar los que quieran o no negarlo, continúa siendo, a efectos prácticos, la constantiniana forma litúrgica del Estado Español.

Total: pervive la confusión acerca de la quimérica aconfesionalidad y el imprescindible laicismo del Estado Español, merced a las secuelas de este franquismo sociológico que anida en la estructura mental y espiritual de una jerarquía eclesiástica que continúa dando la vara en el sentido de arrimar el ascua económica a su muy cebada sardina, más docente que discente. Según la Constitución Española, somos un Estado aconfesional; en la práctica, naranjas de la China.

¿Cuál es el ideal? El que, más tarde o más temprano, se ven venir quienes detentan ese poder absoluto, el de las conciencias atadas y bien atadas: caminamos, entre escollos pero de forma inexorable, hacia el necesario laicismo; que no consiste sino en defender “la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, de toda influencia eclesiástica o religiosa” (de nuevo, DRAE). Por cierto, la tan cacareada “laicidad” que no hace mucho reclamaba un obispo frente al -para él- temible laicismo, simplemente no existe, no viene en el diccionario.

Hoy se habla mucho –demasiado- de una libertad religiosa que no sólo está garantizada sino privilegiada en el Estado español. ¿Cuándo se empezará a oír hablar de libertad, pero de la completa, la libertad de conciencia?

Hacia este ideal laico camina, por fortuna, la sociedad española. ¿Continúan atacando esta soberana independencia? ¿Continuarán tomando las calles para reclamar, so pretexto de educaciones religiosas, muy seculares (en el sentido de mundanas) parcelas de poder e influencia? ¿Continuarán descalificando, anatematizando y condenando a quienes piensan en distinta clave? ¡Magnífica señal! “Ladran, Sancho, luego cabalgamos”.

Salud y República laica.

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