Fichte: un retrato de la Orden Masónica

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Fichte, Cartas a Constant, primera carta. Retrato de la Orden masónica que llama la atención en muchas de sus pinceladas, por su vigencia. Permitamos postear a su autor, en las páginas 44 a 47, edición de Faustino Oncina Coves, editorial ISTMO, 1997:

“Sabes que en los primeros decenios del siglo XVIII, en Londres, sale a la luz pública una sociedad que probablemente había surgido ya antes, pero de la cual nadie sabe de dónde viene, qué es y qué quiere. Se propaga, no obstante, con increíble rapidez y se difunde a través de Francia y Alemania a todos los Estados de la Europa cristiana e incluso a América. Hombres de todos los estamentos, regentes, príncipes, nobles, sabios, artistas y comerciantes ingresan en ella; católicos, luteranos y calvinistas de hacen iniciar y se llaman mutuamente “hermanos”.

Esta sociedad, que, no se sabe por qué razón, o, al menos, te ruego lo creas, muy accidentalmente, se denomina Sociedad de Masones Libres, atrae sobre sí la atención de los gobiernos; es perseguida en la mayoría de los reinos, por ejemplo en Francia, Italia, Países Bajos, Polonia, España, Portugal, Austria, Baviera y Nápoles, amenazada de excomunión por dos pontífices, colmada por todas partes de las acusaciones más contradictorias, y sobre ella se arroja cualquier sospecha que sea odiosa a la gran masa y concite en su contra el odio de ésta. Pero ella resiste a todas estas tempestades, se propaga en otros reinos y se trasplanta de las capitales a las ciudades de provincia, donde antes apenas se la conocía de nombre. Inesperadamente, encuentra protección y apoyo en un lugar, mientras que en otro está en peligro de extinción. Allá es desacreditada como enemiga del trono e instigadora de revoluciones, y aquí se gana la confianza de los mejores gobernantes.

Así ha seguido hasta nuestros días. Ves cómo en nuestra época los miembros de esta sociedad se preguntan por fin seriamente: ¿Pero de dónde venimos? ¿Qué somos y qué queremos? Ves cómo de todas partes se reúnen para responder a estas mismas preguntas; cómo se miran unos a otros con rostros severos, esperando cada uno la respuesta de su vecino, y finalmente todos acaban confesando, en voz alta o en silencio, que ninguno de ellos, ninguno de los allí reunidos, la sabe. ¿Qué hacen entonces? ¿Regresan a sus casas, explican a sus hermanos la ignorancia general, se exoneran recíprocamente de sus obligaciones y se dispersan algo avergonzados? ¡Nada de eso! La Orden perdura y se extiende como antes.

Esta sociedad padece todavía peores vicisitudes. La investigación de su secreto se hace más apremiante, se pone en conocimiento de todos, mediante escritos públicos, por ejemplo en el “Secreto de los francmasones revelado”, en la “Francmasonería derribada y traicionada”. El designio de algunas sectas masónicas es elevado al grado de la certeza perfecta, el de otras al de la probabilidad; se descubre que aquí y allá la masonería ha servido sólo para tender un velo sobre fines ominosos y se arroja sobre estos fines una luz fatal para ella. ¿Qué ocurrirá ahora? ¿Abjurarán los francmasones de los secretos traicionados y, para liberarse de toda sospecha de fines deshonestos, clausurarán las logias y guardarán en su biblioteca el “Francmasón destrozado”? ¡No! Esta sociedad continúa existiendo, como si nunca hubiera sido dicha una sola palabra ni impresa una sola letra en torno a ella, y se hubiera mantenido inviolable en su seno, sin romperlo jamás, un silencio absoluto.

Finalmente, esta misma sociedad se escinde en su interior, cesa toda unidad. Sus miembros se dividen en sectas que llaman “Sistemas”, se tachan mutuamente de herejes, se proscriben unos a otros, y repiten el juego de una iglesia fuera de la cual no hay beatitud posible”.

Ha llovido, pero hay cosas que siguen donde estaban.

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