Colores- Blanco. Negro

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"Se podría hablar largo y tendido sobre el dualismo resultante de la lucha entre dos principios, o incluso sobre el maniqueísmo resultante de la coexistencia perpetua entre estos dos principios o, en fin, sobre toda oposición, a cierto nivel, entre dos principios, oposición que, en un plano superior, se convertiría en complementariedad. Todo esto se ha hecho mil veces desde hace siglos, con un resurgimiento activo y reciente por parte de René Guénon y su cuadrilla.

Querría limitar mi intervención a dos observaciones personales, como de costumbre impertinentes y anti conformistas. La primera, sobre la simbología de los colores en general. La segunda, sobre las relaciones dialécticas de los significantes en grado de aprendiz.

Los colores tienen enorme significado simbólico en la mayoría de religiones y de instituciones que se inspiran en ellas. En Masonería tenemos logias azules o simbólicas, logias rojas o capitulares, logias negras o areópagos, logias blancas o Supremos Consejos.

En el Régimen Escocés Rectificado, la logia de Maestros Escoceses de San Andrés se llama logia verde por ciertas razones “esotéricas” que se remontan a la Estricta Observancia Templaria. En todos los grados, en casi todos los ritos auténticos, los colores tienen gran importancia.

El cristianismo retomó también por su cuenta la simbología de los colores y los recuerda en misas especiales, según las fiestas celebradas, en las cuales el sacerdote se revestía de casullas que abarcaban todos los colores del arcoíris y cuyo significado conocían todavía todos los fieles.

Alain Gheerbrant escribe que la primera característica del simbolismo de los colores es su universalidad. Bien está, si quiere decir con esto que los colores sirven, en todo tiempo y lugar, como soporte al pensamiento simbólico. Pero las interpretaciones, por sí mismas, varían absolutamente, a la vez en el tiempo y en el espacio.

Es una perogrullada decir que tal o cual significante sirve de soporte al pensamiento simbólico. El hombre simboliza, efectivamente, acerca de todo, sobre todo cuando sueña, como lo demostró claramente toda la obra de Carl Gustav Jung. Pero también cuando se entrega a las artes en todas sus formas, al arte, que es el más formidable receptáculo del pensamiento simbólico. Pero el interés procede de las conjeturas que elabora a partir de un soporte dado.

Un bonito ejemplo de confusión mental en este terreno me lo brindó recientemente en logia un Hermano que disertó largamente sobre el significado simbólico del Sol y de la Luna, con el cortejo banal y tradicional de declinaciones que inciden en la potencia generadora, la fuerza y el resplandor del primero y la pasividad, fragilidad y feminidad de la segunda.

Este Hermano, ay, simplemente perdió totalmente de vista que el sol es de género masculino en las lenguas latinas pero de género femenino en las lenguas germánicas, y que con la luna ocurre justamente lo contrario. Todas las interpretaciones simbólicas no tienen, pues, valor universal y sólo dicen algo a quien está en el ajo.

Por otra parte, si es verdad que los arquetipos revelan estructuras mentales idénticas y turbadoras coincidencias entre el funcionamiento de cerebros humanos muy alejados en el tiempo y en el espacio, no es menos cierto que las respuestas simbólicas proporcionadas por los mismos cerebros, partiendo de los mismos significantes, no tienen relación alguna. El negro, por ejemplo, es expresión de duelo en Occidente. Pero en otras partes del mundo es el blanco el que juega ese papel. Y así ocurre con toda la gama del arcoíris.

Consultad el diccionario de símbolos de Gheerbrant y Chevalier para recorrer la nomenclatura, pasando por los navajos, los griegos, los egipcios, mayas, aztecas, etc. Cada pueblo, cada civilización, cada religión atribuyen significados particulares a cada uno de los colores, siendo asociado frecuentemente el negro a las tinieblas, la angustia y las fuerzas nefastas, y el blanco a la luz y a las potencias de buen augurio. A menos, claro está, que sea a todo lo contrario…

Así pues, creo que el simbolismo de los colores es, en general, una constante del funcionamiento del cerebro humano pero que produce representaciones muy diversificadas. Como ocurre con las costumbres, las leyes, las creencias y los comportamientos de los grupos humanos, las representaciones simbólicas son fruto del marco cultural e histórico en los que estos nacieron. Lo mismo ocurre con las religiones, el derecho consuetudinario o la francmasonería, que, se quiera o no, es producto de la sociedad cristiana, escocesa, inglesa y protestante en la que nació, en un momento dado de la historia de la humanidad.

De este modo, la pregunta que hay que hacerse –y que yo me hago de forma incisiva en este momento- es qué le sucede a una elaboración de esta clase cuando las condiciones que la generaron se han modificado por la acción del tiempo y de la evolución cultural y social.

En conclusión, si la simbolización de los colores es una clara constante universal, los significados inventados por el hombre son esencialmente relativos y producto de su medio cultural.

El cristianismo posee su propio simbolismo de los colores, estrictamente codificado. El islam tiene el suyo, en el que dominan el verde y el blanco. Las diferentes civilizaciones tienen el suyo. La Masonería elaboró el suyo, de muy gran riqueza, pero mal conocido, mal conservado y mal trabajado. Los Devoirs des Compagnons du Tour de France han conservado de forma muy viva esta simbología.

Algunos de mis comentarios acerca de la relación dialéctica de los símbolos del primer grado masónico nos traerán nuevamente al tema: el negro y el blanco. Como todo el mundo sabe, la dialéctica es una forma de razonamiento que opera por oposición y rebasando oposiciones.

El blanco no es un color. Es la síntesis de todos los colores, del infrarrojo al ultravioleta. Desde cierta distancia, percibimos como una masa blanca los colores yuxtapuestos del arcoíris. El negro, por el contrario, es ausencia de color, del mismo modo que la oscuridad sólo es ausencia de luz. El negro expresa, así, la noción de la nada, mientras que el blanco simboliza el todo.

Como colores, negro y blanco son extremos absolutos. En efecto, todos los colores se declinan en matices: azul pastel, azul horizonte, azul marino, azul lavanda, o incluso verde agua, verde esmeralda, verde hierba, verde billar, etc… Pero no hay blanco pálido ni oscuro. En ambos casos –blanco y negro- sólo se da un extremo absoluto que no sufre la menor alteración. Se trata, pues, de dos fronteras infranqueables que fijan los límites del mundo sensible, como también es cierto que nuestros sentidos, incluido nuestro intelecto, son las únicas herramientas que permiten al hombre aprehender el universo.

El tapiz o cuadro de logia, que es el plano de trabajo para los aprendices en primer grado, lleva una serie de herramientas e instrumentos. La herramienta sirve para trabajar la piedra; el instrumento, para verificar el trabajo realizado. La herramienta es del aprendiz, el instrumento es del compañero.

¿Qué pintan el negro y el blanco en todo esto?

Consideremos el pavimento mosaico, que sólo es tal por ser el del templo de Salomón, construido para albergar la Ley que Moisés recibió del Eterno. He aquí un conjunto compuesto por cuadros blancos y negros alternados. Cada cuadro blanco está rodeado exclusivamente de cuadros negros, y viceversa. La más absoluta de las oposiciones, repetida hasta el infinito. Claramente, nos encontramos aquí en el dominio de la tierra, especialmente cuando la forma de las losas es cuadrada, símbolo también de la tierra y, finalmente, el masón pisa esta representación situada en el nivel más bajo de la logia.

Me preguntaba acerca de la relación dialéctica de este dispositivo tan evidentemente maniqueo, dualista, terrestre. ¿Dónde estaba tal relación? ¿Dónde se encontraba ese tercer término que da acceso a la resolución de la oposición entre dos símbolos, de los cuales el segundo estaba singularmente ausente de mi reflexión? ¿Por qué se atasca bruscamente mi tesis a propósito del blanco y el negro? ¡Y, elevando los ojos, descubrí entonces mi segundo símbolo!

Ahí estaba, testigo presente y silente, majestuoso, sereno. Símbolo tradicional nacido en los orígenes, pero –ay- perdido en gran parte en las logias masónicas contemporáneas.

Porque, Hermanos míos, la tradición de nuestra Fraternidad quiere que toda logia tenga por única cubierta la bóveda estrellada, el cielo constelado de estrellas, la cúpula hemisférica y de “orden divino” que corona y protege toda construcción cuadrada debida a la mano del hombre. Pues cada uno sabe, claro que sí, que la logia se reúne al aire libre, en el Porche del templo y no en el templo mismo.

¡Al menos, en nuestro rito!

El pavimento mosaico, profundamente terrestre en su representación que combina los dos colores más absolutos bajo forma cuadrada, se opone al cielo estrellado, en sí mismo portador del sol, de la luna y de la estrella; en resumen, de todo lo que puede esclarecer, desde lo alto, el alma humana.

Y, entre estos dos principios simbólicos claramente representados, aquí está mi tercer término: la logia, su tapiz o cuadro, los Hermanos reunidos, y después yo, en medio y entre cénit y nadir, con los pies firmemente asentados sobre la tierra, pero con la nariz apuntando a las estrellas".

(Fuente: traducción del artículo correspondiente de Jan Van Win en el blog Montaleau, traducción).

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